Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.XVI.
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De las cualidades y condiciones de Panurgo.
Panurgo era de estatura mediana, ni muy alto ni muy bajo, y tenía la nariz algo aguileña, parecida al mango de una navaja de afeitar. Tenía entonces unos treinta y cinco años, más o menos, y era tan hábil para dorar un puñal de plomo—pues era un tramposo y embaucador notable—que bien podía pasar por un hombre muy galante y apuesto, salvo que era un poco lujurioso y naturalmente propenso a una enfermedad que en ese tiempo llamaban falta de dinero—un dolor incomparable—pero, aun así, tenía sesenta y tres trucos para conseguirlo cuando lo necesitaba, de los cuales el más honorable y común era a modo de robo, hurto secreto y rapiña, pues era un bribón malvado, embaucador, bebedor, pendenciero, vagabundo y un sujeto muy disoluto y libertino, si es que había alguno en París; por lo demás, y en todo lo demás, el mejor y más virtuoso hombre del mundo; y siempre estaba tramando algún plan y urdiendo travesuras contra los alguaciles y la guardia.
En una ocasión reunió a tres o cuatro excelentes espadachines y muchachos alborotadores, los hizo beber por la tarde como templarios, y luego los condujo hasta llegar bajo Santa Genoveva, o cerca del colegio de Navarra, y, a la hora en que la guardia solía pasar por allí—lo cual sabía poniendo su espada sobre el pavimento y acercando el oído a ella, y cuando sentía que la espada vibraba, era señal infalible de que la guardia estaba cerca en ese instante—entonces él y sus compañeros tomaban un carro de estiércol y lo lanzaban cuesta abajo con todas sus fuerzas, derribando así a todos los pobres guardias como si fueran cerdos, y luego huían por el otro lado; pues en menos de dos días conocía todas las calles, callejones y recovecos de París tan bien como su Deus det.
En otra ocasión, preparó en algún lugar adecuado, por donde debía pasar la guardia, una hilera de pólvora, y justo en el momento en que pasaban, le prendía fuego, y luego se divertía viendo con qué gracia corrían, pensando que el fuego de San Antonio les había prendido en las piernas. En cuanto a los pobres maestros en artes, los perseguía más que a nadie. Cuando se encontraba con alguno de ellos en la calle, nunca dejaba de hacerles alguna broma, a veces metiéndoles un trozo de excremento frito en sus birretes de graduación, otras veces sujetándoles pequeñas colas de zorro o de liebre en la espalda, o alguna otra travesura semejante. Un día en que todos debían reunirse en la calle del Forraje (Sorbonne), preparó una tarta borbonesa, o sea, un compuesto sucio y repugnante hecho con abundante ajo, asafétida, castóreo y excrementos de perro bien calientes, que remojó, mezcló y licuó en la materia corrupta de forúnculos sifilíticos y llagas pestilentes; y muy de mañana untó con eso todo el pavimento, de tal modo que ni el diablo lo habría soportado, lo que hizo que toda esa buena gente vomitara lo que tenía en el estómago delante de todo el mundo, como si hubieran despellejado un zorro; y diez o doce de ellos murieron de peste, catorce se volvieron leprosos, dieciocho se llenaron de piojos, y unos veintisiete contrajeron la sífilis, pero a él no le importó en absoluto. Solía llevar un látigo bajo la túnica, con el que azotaba sin piedad a los pajes que encontraba llevando vino a sus amos, para que se apresuraran. En su chaqueta tenía más de veintiséis bolsillos y compartimentos siempre llenos; uno con agua de plomo y un pequeño cuchillo tan afilado como una aguja de guantero, con el que solía cortar bolsas; otro con alguna sustancia amarga que arrojaba a los ojos de quienes encontraba; otro con abrojos, sujetos con plumas de ganso o de capón, que lanzaba sobre las túnicas y birretes de la gente honrada, y a menudo les hacía unos bonitos cuernos, que llevaban por toda la ciudad, a veces toda su vida. Muy a menudo, también, en los tocados franceses de las mujeres pegaba en la parte trasera algo con forma de miembro viril. En otro, tenía muchos pequeños cuernos llenos de pulgas y piojos, que tomaba prestados de los mendigos de San Inocente, y los lanzaba con cañitas o plumas para escribir al cuello de las damas más distinguidas que encontraba, incluso en la iglesia, pues nunca se sentaba arriba en el coro, sino siempre en la nave central entre las mujeres, tanto en misa, como en vísperas y sermón. En otro, solía tener buena cantidad de ganchos y hebillas, con los que unía a hombres y mujeres que se sentaban juntos, especialmente a los que vestían túnicas de tafetán carmesí, para que, al levantarse, rompieran todas sus túnicas. En otro, tenía un petardo equipado con yesca, mechas, piedras para encender fuego y todo lo necesario. En otro, dos o tres lupas, con las que hacía enloquecer a hombres y mujeres, y en la iglesia los dejaba completamente avergonzados; pues decía que solo había una antístrofe, o poco más que una inversión literal, entre una mujer folle a la messe y molle a la fesse, es decir, tonta en misa y de trasero blando.
En otro, tenía una buena cantidad de agujas e hilo, con los que hacía mil pequeñas diabluras. Una vez, en la entrada del palacio al gran salón, donde un fraile gris o cordelero debía decir misa a los consejeros, ayudó a vestirlo y ponerle los ornamentos, pero al hacerlo le cosió el alba, la sobrepelliz o la estola a la túnica y la camisa, y luego se retiró cuando los señores de la corte o consejeros llegaron a oír la misa; pero cuando llegó el Ite, missa est, que el pobre fraile quiso quitarse la estola o la sobrepelliz, como era costumbre entonces, se quitó también la túnica y la camisa, que estaban bien cosidas, y así quedó desnudo hasta los hombros mostrando su bel vedere a todo el mundo, junto con su Don Cipriano, que no era pequeño, como podrán imaginar. Y el fraile seguía tirando, pero cuanto más tiraba, más se descubría y mostraba sus partes traseras, hasta que uno de los señores de la corte dijo: ¿Qué pasa aquí? ¿Acaso este buen padre quiere ofrecernos aquí su cola para que la besemos? ¡Que el fuego de San Antonio la bese por nosotros! Desde entonces se ordenó que los pobres frailes no se desvistieran nunca más en público, sino en la sacristía, como la llaman; especialmente en presencia de mujeres, para no tentarlas al pecado del deseo desordenado. Entonces la gente preguntó por qué los frailes tenían genitales tan largos y grandes. Panurgo resolvió el problema muy ingeniosamente, diciendo: Lo que hace que los asnos tengan orejas tan grandes es que sus madres no les pusieron gorros en la cabeza, como menciona Alliaco en sus Suposiciones. Por la misma razón, lo que hace que los genitales o herramientas de generación de esos frailes sean tan largos es que no usan calzones con fondo, y por eso su alegre miembro, sin impedimento, cuelga libremente hasta donde puede, moviéndose hasta las rodillas, como las mujeres llevan sus cuentas de rosario. Y la causa de que lo tengan tan grande es que, con ese constante vaivén, los humores del cuerpo descienden a dicho miembro. Pues, según los legistas, la agitación y el movimiento continuo son causa de atracción.
Además, tenía otro bolsillo lleno de polvo para picazón, llamado alumbre de piedra, del cual arrojaba un poco en la espalda de aquellas mujeres que consideraba más bellas y altivas, lo que las hacía retorcerse de tal manera que algunas se desnudaban a la vista de todos, y otras bailaban como gallo sobre brasas o como baqueta sobre un tambor. Otras, en cambio, corrían por las calles, y él corría tras ellas. A las que estaban en vena de desnudarse, se acercaba muy cortésmente a ofrecerles su ayuda y las cubría con su capa, como un hombre muy atento y galante.
Además, en otro tenía una pequeña botella de cuero llena de aceite viejo, con la que, cuando veía a algún hombre o mujer con un traje nuevo y elegante, untaba, manchaba y estropeaba las mejores partes del atuendo bajo el pretexto de tocarlas, diciendo: ¡Qué buena tela! ¡Qué buen satén! ¡Buen tafetán! ¡Señora, que Dios le conceda todo lo que su noble corazón desee! ¡Tiene usted un traje nuevo, buen señor!—y usted, señora, un vestido nuevo;—¡que Dios le dé alegría y la mantenga en toda prosperidad! Y con esto ponía la mano sobre su hombro, dejando tras de sí una mancha tan vil, grabada de tal manera en el alma, el cuerpo y la reputación, que ni el mismo diablo podría haberla quitado. Luego, al marcharse, decía: Señora, tenga cuidado de no caer, pues hay un gran agujero sucio delante de usted, donde, si pone el pie, se arruinará por completo.
Tenía otro lleno de euforbio, finamente pulverizado. En ese polvo colocaba un hermoso pañuelo delicadamente bordado, que había robado a una simpática costurera del palacio al quitarle un piojo del pecho que él mismo había puesto allí, y, cuando se encontraba en compañía de algunas damas distinguidas, las entretenía hablando sobre algún fino encaje de hueso, luego de inmediato metía la mano en su escote preguntándoles: ¿Y este trabajo, es de Flandes o de Henao? y entonces sacaba su pañuelo y decía: Tomen, tomen, miren qué labor es esta, es de Foutignan o de Fuenterrabía, y agitándolo fuertemente ante sus narices, las hacía estornudar durante cuatro horas sin parar. Mientras tanto, él soltaba flatulencias como un caballo, y las mujeres reían y decían: ¿Qué pasa, Panurgo, te estás tirando pedos? No, no, señora —respondía él—, solo afino mi trasero al canto llano de la música que ustedes hacen con la nariz. En otro tenía una ganzúa, un pelícano, una palanca, un garfio y otras herramientas de hierro, con las cuales no había puerta ni cofre que no pudiera abrir. Tenía otro lleno de copitas pequeñas, con las que jugaba muy hábilmente, pues tenía los dedos hechos a su mano, como los de Minerva o Aracne, y en otro tiempo había pregonado jarabe. Y cuando cambiaba un testón, un cuartillo o cualquier otra moneda, el cambista habría sido más astuto que un zorro si Panurgo no hubiera hecho desaparecer cada vez cinco o seis sueldos (es decir, unos seis o siete peniques) de manera invisible, abierta y manifiesta, sin causar daño ni perjuicio alguno, de lo cual el cambista no sentía más que el viento.



