Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.XVIII.

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Cómo un gran erudito de Inglaterra quiso debatir contra Pantagruel, y fue vencido por Panurgo.

En ese mismo tiempo, cierto hombre sabio llamado Thaumast, al oír la fama y renombre del incomparable saber de Pantagruel, salió de su país natal de Inglaterra con el único propósito de verlo, para así probar y comprobar si su conocimiento era en verdad tan grande como se decía. Con esta resolución, al llegar a París, fue de inmediato a la casa del mencionado Pantagruel, quien se alojaba en el palacio de San Dionisio y en ese momento paseaba por el jardín junto a Panurgo, filosofando al modo de los peripatéticos. Al entrar, se sobresaltó y casi perdió el juicio del susto al verlo tan grande y tan alto. Luego lo saludó cortésmente, como es costumbre, y le dijo: Es muy cierto, dice Platón, príncipe de los filósofos, que si la imagen y el conocimiento de la sabiduría fueran corpóreos y visibles a los ojos de los mortales, moverían a todo el mundo a admirarla. Lo cual podemos creer aún más, ya que el simple rumor de ella, esparcido en el aire, si llega a los oídos de los hombres que, por ser estudiosos y amantes de las cosas virtuosas, son llamados filósofos, no les permite dormir ni descansar en paz, sino que los aguijonea y enciende para correr al lugar donde se dice que tal conocimiento ha edificado su templo y pronunciado sus oráculos. Como se nos mostró claramente en la reina de Saba, que vino desde los más lejanos confines del Oriente y del mar Persa para ver el orden de la casa de Salomón y oír su sabiduría; en Anacarsis, que vino desde Escitia hasta Atenas para ver a Solón; en Pitágoras, que viajó lejos para visitar a los vaticinadores menfitas; en Platón, que fue muy lejos para ver a los magos de Egipto y a Arquitas de Tarento; en Apolonio de Tiana, que llegó hasta el monte Cáucaso, pasó entre los escitas, los masagetas, los indios, y navegó por el gran río Fisón hasta los brahmanes para ver a Hiarchus; así como también hasta Babilonia, Caldea, Media, Asiria, Partia, Siria, Fenicia, Arabia, Palestina y Alejandría, incluso hasta Etiopía, para ver a los gimnosofistas. Ejemplo similar tenemos en Tito Livio, a quien para ver y oír acudieron a Roma muchos estudiosos desde los confines de Francia y España. No me atrevo a contarme entre tan excelentes personas, pero sí quisiera ser llamado estudioso y amante, no solo del saber, sino también de los sabios. Y en verdad, al oír la fama de su inestimable conocimiento, he dejado mi país, mis amigos, mis parientes y mi casa, y he venido hasta aquí, sin valorar la longitud del camino, la fatiga del mar ni la extrañeza de la tierra, solo para verlo y conversar con usted sobre algunos puntos de filosofía, de geomancia y del arte cabalístico, sobre los cuales tengo dudas y no logro satisfacer mi mente; si puede resolverlas, me entrego a usted como esclavo de ahora en adelante, junto con toda mi posteridad, pues no tengo otro regalo que pueda considerar recompensa suficiente para tan gran favor. Las pondré por escrito y mañana las publicaré ante todos los sabios de la ciudad, para que podamos debatir públicamente ante ellos.

Pero vea de qué manera propongo que debatamos. No argumentaré pro y contra, como hacen los necios sofistas de esta ciudad y de otros lugares. Tampoco debatiré al modo de los académicos, mediante declamación; ni por números, como solía hacer Pitágoras y como hizo recientemente Pico de la Mirándola en Roma. Sino que debatiré solo por señas, sin hablar, pues los temas son tan abstrusos, difíciles y arduos, que las palabras que salen de la boca del hombre nunca serán suficientes para explicarlos a mi gusto. Por tanto, si a su magnificencia le place, sea usted presente; será en el gran salón de Navarra a las siete de la mañana. Cuando hubo pronunciado estas palabras, Pantagruel le respondió muy honorablemente: Señor, de las gracias que Dios me ha concedido, no negaría compartir ninguna con nadie según mis posibilidades. Pues todo lo que viene de Él es bueno, y su voluntad es que se incremente cuando estamos entre hombres dignos y aptos para recibir este maná celestial de la honesta literatura. Y porque, como ya percibo claramente, en este tiempo tú ocupas el primer lugar entre ellos, te aviso que a cualquier hora me encontrarás dispuesto a acceder a cada una de tus peticiones según mi humilde capacidad; aunque más bien debería yo aprender de ti que tú de mí. Pero, como has propuesto, discutiremos juntos estas dudas y buscaremos la resolución, hasta el fondo de ese pozo inagotable donde Heráclito dice que la verdad está oculta. Y alabo mucho la manera de argumentar que has propuesto, es decir, por señas sin hablar; pues así tú y yo nos entenderemos perfectamente, y además estaremos libres de esos aplausos que estos torpes sofistas hacen cuando alguno de los debatientes ha vencido en el argumento. Así que mañana no dejaré de encontrarte en el lugar y hora que has señalado, pero te ruego que no haya entre nosotros disputa ni alboroto, y que no busquemos el honor y el aplauso de los hombres, sino solo la verdad. A lo que Thaumast respondió: Que el Señor Dios lo mantenga en su favor y gracia, y, en lugar de mi agradecimiento, derrame sus bendiciones sobre usted, pues su alteza y magnífica grandeza no ha desdeñado conceder la petición de mi humilde bajeza. ¡Hasta mañana, entonces! —Hasta mañana, dijo Pantagruel.

Señores, ustedes que leen este presente discurso, no piensen que jamás hubo hombres más elevados y transportados en sus pensamientos que lo estuvieron toda esa noche tanto Thaumast como Pantagruel; pues el mencionado Thaumast dijo al portero de la casa de Cluny, donde se alojaba, que en toda su vida nunca se había sentido tan seco como esa noche. Creo, dijo, que Pantagruel me tuvo por el cuello. Por favor, disponga que tengamos algo de beber, y que nos traigan agua fresca para enjuagarme el paladar. Por su parte, Pantagruel aguzó su ingenio cuanto pudo, sumido en profundas y serias meditaciones, y no hizo otra cosa en toda la noche que devanarse los sesos y hojear el libro de Beda, De numeris et signis; el libro de Plotino, De inenarrabilibus; el libro de Proclo, De magia; el libro de Artemidoro peri Oneirokritikon; de Anaxágoras, peri Zemeion; Dinario, peri Aphaton; los libros de Filistón; Hipónax, peri Anekphoneton, y una multitud de otros, tanto tiempo, que Panurgo le dijo:

Señor mío, deje ya esos pensamientos y váyase a la cama; porque veo que sus espíritus están tan turbados por forzarlos en exceso, que fácilmente podría caer en una fiebre cotidiana por tanto pensar y cavilar. Pero, después de beber primero veinticinco o treinta buenos tragos, retírese y duerma cuanto quiera, pues en la mañana yo debatiré y responderé por mi amo el inglés, y si no lo llevo hasta ad metan non loqui, entonces llámeme bribón. —Sí, pero —dijo él—, mi amigo Panurgo, él es maravillosamente sabio; ¿cómo podrás responderle? —Muy bien —respondió Panurgo—; le ruego que no hable más de eso y déjeme a mí. ¿Hay alguien tan sabio como los demonios? —No, en verdad —dijo Pantagruel—, sin la gracia especial de Dios. —Sin embargo —dijo Panurgo—, yo he debatido contra ellos, los he confundido y dejado en blanco en la disputa, y los he hecho quedar tan aplastados sobre sus colas que parecían monos. Así que tenga por seguro que mañana haré que este inglés vanaglorioso defeque vinagre ante todo el mundo. Así Panurgo pasó la noche bebiendo entre los pajes, y perdió todos los puntos de sus calzones jugando a primus secundus y a peck point, en francés llamado La Vergette. Sin embargo, cuando llegó la hora convenida, no dejó de conducir a su amo Pantagruel al lugar señalado, adonde, créanme, no hubo grande ni pequeño en París que no acudiera, pensando para sí que este endiablado Pantagruel, que había derrotado y vencido en debate a todos esos necios sofistas de agua dulce, ahora recibiría su merecido y sería puesto en aprietos de verdad. Porque este inglés es un terrible alborotador y un espantoso buscarruidos. Veremos quién será el vencedor, pues nunca antes encontró su igual.

Así pues, estando todos reunidos, Thaumast los esperó, y luego, cuando Pantagruel y Panurgo entraron en el salón, todos los estudiantes, profesores de artes, bachilleres mayores y licenciados comenzaron a aplaudir, como es su costumbre ruin. Pero Pantagruel exclamó con voz potente, como si fuera el estruendo de un doble cañón: ¡Silencio, malditos, silencio! ¡Por Dios, bribones, si me molestan aquí, les cortaré la cabeza a cada uno de ustedes! Ante tales palabras, todos quedaron atemorizados y asombrados como patos, y no se atrevieron ni siquiera a toser, aunque hubieran tragado quince libras de plumas. Además, se les secó tanto la garganta con solo esa voz, que sacaron la lengua medio pie fuera de la boca, como si Pantagruel les hubiera salado la garganta a todos. Entonces comenzó Panurgo a hablar, diciendo al inglés: Señor, ¿ha venido usted aquí a disputar de manera contenciosa sobre las proposiciones que ha planteado, o, de otro modo, solo para aprender y conocer la verdad? A lo que respondió Thaumast: Señor, nada me ha traído aquí sino el gran deseo que tengo de aprender y saber aquello de lo que he dudado toda mi vida, y no he hallado libro ni hombre capaz de satisfacerme en la resolución de esas dudas que he propuesto. Y, en cuanto a disputar contenciosamente, no lo haré, pues es cosa demasiado baja, y por eso la dejo a esos necios sofistas que en sus disputas no buscan la verdad, sino solo la contradicción y el debate. Entonces dijo Panurgo: Si yo, que no soy más que un humilde y poco notable discípulo de mi señor y maestro Pantagruel, logro satisfacerle en todo y por todo, sería cosa indigna de mi maestro el molestarlo con ello. Por tanto, es más conveniente que él presida y actúe como juez y moderador de nuestro discurso y propósito, y le dé satisfacción en muchas cosas en las que tal vez yo no cumpla con sus expectativas. En verdad, dijo Thaumast, está muy bien dicho; comience entonces. Ahora bien, debe notarse que Panurgo había colocado en la punta de su largo braguero un bonito penacho de seda roja, así como de color blanco, verde y azul, y dentro había puesto una hermosa naranja.