Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.XX.

Capítulo 85 de 266 · 2 min de lectura

Cómo Thaumast relata las virtudes y el saber de Panurgo.

Entonces Panurgo se levantó y, quitándose el gorro, agradeció muy amablemente al mencionado Panurgo, y con voz fuerte dijo a toda la gente que allí estaba: Señores, caballeros y demás presentes, en este momento puedo decir con razón aquella palabra evangélica: ¡Et ecce plus quam Salomon hic! Tienen aquí ante ustedes un tesoro incomparable, es decir, mi señor Pantagruel, cuya gran fama me ha traído hasta aquí, desde el mismo corazón de Inglaterra, para conferenciar con él acerca de los problemas insolubles, tanto en magia, alquimia, cábala, geomancia, astrología y filosofía, que tenía en mente. Pero ahora estoy enojado incluso con la misma fama, que creo fue envidiosa con él, pues no declaró ni la milésima parte del valor que en verdad hay en él. Han visto cómo solo su discípulo me ha satisfecho y me ha dicho más de lo que le pregunté. Además, me ha abierto y resuelto otras dudas inestimables, en las que puedo asegurarles que me ha descubierto el verdadero pozo, fuente y abismo de la enciclopedia del saber; sí, de tal manera que no creí que jamás encontraría a un hombre capaz de mostrar su habilidad ni siquiera en los primeros elementos de aquello sobre lo que discutimos por señas, sin pronunciar palabra ni media palabra. Pero, en fin, pondré por escrito lo que hemos dicho y concluido, para que el mundo no lo tome por necedades, y después haré que se imprima, para que todos aprendan como yo lo he hecho. Juzguen entonces lo que habría sido capaz de decir el maestro, viendo que el discípulo ha actuado tan valientemente; pues, Non est discipulus super magistrum. En todo caso, ¡alabado sea Dios! y les agradezco muy humildemente el honor que nos han hecho en este acto. ¡Dios se los pague eternamente! Pantagruel dio semejantes gracias a toda la compañía y, saliendo de allí, llevó a Thaumast a comer con él, y crean que bebieron cuanto sus cuerpos pudieron soportar, o, como se dice, con los vientres desabrochados (pues en aquella época se abrochaban los vientres con botones, como ahora hacemos con los cuellos de nuestros jubones o chaquetas), hasta que ya no sabían ni dónde estaban ni de dónde venían. ¡Bendita Señora, cómo brindaron y tiraron, como decimos, del cuero del cabrito! Y las jarras iban y venían, y ellos a soplar, ¡Sirve! ¡Dame, paje, un poco de vino aquí! ¡Acércalo! ¡Llena con el diablo, así! No hubo uno solo que no bebiera veinticinco o treinta pipas. ¿Saben cómo? Incluso sicut terra sine aqua; porque hacía calor, y además, tenían mucha sed. En cuanto a la exposición de las proposiciones planteadas por Thaumast y la significación de las señas que usaron en su disputa, hubiera querido anotarlas para ustedes según su propio relato, pero me han dicho que Thaumast hizo un gran libro sobre ello, impreso en Londres, donde lo ha dejado todo escrito, sin omitir nada, y por eso, en esta ocasión, lo dejo de lado.