Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.XXII.
Capítulo 87 de 266 · 4 min de lectura
Cómo Panurgo le jugó una broma a una dama parisina que no le agradó en absoluto.
Ahora deben saber que al día siguiente era la gran festividad del Corpus Christi, llamada el Sacro, en la cual todas las mujeres visten sus mejores galas, y ese día dicha dama llevaba un rico vestido de satén carmesí, bajo el cual lucía una costosa enagua de terciopelo blanco.
El día de la víspera, llamada la vigilia, Panurgo buscó tanto de un lado como de otro que encontró una perra en celo o salada, la cual, después de atarla con su cinturón, llevó a su habitación y la alimentó muy bien todo ese día y la noche. A la mañana siguiente la mató, tomó aquella parte de ella que conocen los geomantes griegos, y la cortó en varios pedazos tan pequeños como pudo. Luego, llevándolos consigo lo más disimuladamente posible, fue al lugar por donde la dama debía pasar para seguir la procesión, como es costumbre en dicho día santo; y cuando ella llegó, Panurgo le roció un poco de agua bendita, saludándola muy cortésmente. Después, al poco tiempo de que ella hubo terminado sus pequeñas devociones, él se sentó junto a ella en el mismo banco y le entregó esta rondeña por escrito, de la siguiente manera.
Una Rondeña.
Por esta vez, que a usted mi amor revelé, Demasiado cruel fue, pues me echó sin fe, Mandándome lejos, sin esperanza, y tan pronto, Cuando jamás le hice daño alguno, ni en acto, palabra o pensamiento: Así que, si mi ruego no le agradó, debió Haber hablado con más cortesía, y en este sentido, Amigo, le ruego que se retire de aquí, Por esta vez.
¿Qué daño hago yo, al pedirle que observe, Con favor y compasión, cómo una chispa De su gran belleza ha inflamado mi corazón Con honda pasión, y que, por mi parte, Solo le pido que conmigo baile El alegre branle en juegos de galantería, Por esta vez?
Y mientras ella abría el papel para ver qué era, Panurgo muy ágil y discretamente esparció la droga que llevaba sobre ella en diversos lugares, pero especialmente en los pliegues de sus mangas y de su vestido. Entonces le dijo: Señora, los pobres enamorados no siempre están tranquilos. Por mi parte, espero que esas noches pesadas, esos dolores y penas que sufro por amor a usted, me sean descontados de tanto tormento en el purgatorio; al menos, rece a Dios para que me conceda paciencia en mi miseria. Apenas hubo dicho esto Panurgo, todos los perros que había en la iglesia acudieron corriendo hacia la dama, atraídos por el olor de la droga que él le había esparcido, tanto los grandes como los pequeños, todos se acercaron, mostrando sus partes, olfateándola y orinando por todas partes sobre ella; fue la mayor villanía del mundo. Panurgo fingió espantarlos; luego se despidió de ella y se retiró a alguna capilla u oratorio de la iglesia para observar el espectáculo; pues esos malvados perros empaparon todos sus atuendos y no dejaron prenda sin rociar con su orina; tanto que un gran galgo orinó sobre su cabeza, otros en sus mangas, otros en la parte trasera de su vestido, y los pequeños orinaron sobre sus chapines; de modo que todas las mujeres a su alrededor tuvieron mucho trabajo para socorrerla. Panurgo, riendo de todo corazón, le dijo a uno de los señores de la ciudad: Creo que esa dama está en celo, o que algún galgo la ha cubierto recientemente. Y al ver que todos los perros se agolpaban a su alrededor, aullando por no poder acercarse más, y haciendo todo tipo de alboroto como suelen hacer alrededor de una perra en celo, se marchó de allí y fue a llamar a Pantagruel, sin olvidar, en su camino por las calles, dar una patada a cualquier perro que encontraba, diciendo: ¿No van a ir con sus compañeros a la boda? ¡Fuera de aquí, fuera, fuera, con mil demonios fuera! Y llegando a casa, le dijo a Pantagruel: Maestro, le ruego que venga a ver cómo todos los perros del país están reunidos alrededor de una dama, la más hermosa de la ciudad, y quieren cubrirla. A lo que Pantagruel accedió de buen grado y presenció el misterio, que le pareció muy curioso y extraño. Pero lo mejor fue en la procesión, donde se vieron más de seiscientos mil catorce perros alrededor de ella, que la molestaron y hostigaron mucho, y dondequiera que pasaba, los perros que llegaban siguiendo sus huellas la seguían de cerca y orinaban en el camino por donde había pasado su vestido. Todo el mundo contemplaba el espectáculo, observando el comportamiento de los perros, que saltando, se subían a su cuello y arruinaban todos sus espléndidos atavíos, por lo que no halló otro remedio que retirarse a su casa, que era un palacio. Allí se dirigió, y los perros tras ella; corrió a esconderse, pero las doncellas no podían contener la risa. Cuando entró en la casa y cerró la puerta tras de sí, todos los perros de media legua a la redonda acudieron corriendo y orinaron tanto en la puerta de su casa que formaron un arroyo con su orina en el que bien podría haber nadado un pato, y es esa misma corriente que ahora corre en San Víctor, donde Gobelino tiñe de escarlata, por la virtud específica de esos perros meones, como nuestro maestro Doribus predicaba públicamente en tiempos pasados. Que Dios los ayude, un molino podría haber molido grano con eso. Aunque no tanto como los de Basacle en Toulouse.



