Hamlet · William Shakespeare

ESCENA VI

Capítulo 17 de 80 · 3 min de lectura

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO

POLONIO.—Este asunto se ha concluído muy bien. (Claudio hace una seña, y se retira el acompañamiento). Mi soberano, y vos, señora: explicar lo que es la dignidad de un monarca, las obligaciones del vasallo, por qué el día es día, noche la noche, y tiempo el tiempo. Así pues, como quiera que la brevedad es el alma del talento, y que nada hay más enfadoso que los rodeos y perífrasis... seré muy breve. Vuestro noble hijo está loco; y le llamo loco, porque, si en rigor se examina, ¿qué otra cosa es la locura sino estar uno enteramente loco? Pero dejando esto aparte...

GERTRUDIS.—Al caso, Polonio, al caso, y menos artificios.

POLONIO.—Yo os prometo, señora, que no me valgo de artificio alguno; ¡es cierto que él está loco! es cierto que es lástima, y es lástima que sea cierto; pero dejemos á un lado pueril antítesis, que no quiero usar de artificios. Convengamos pues en que está loco, y ahora falta descubrir la causa de este efecto, ó por decir, la causa de este defecto; porque este efecto defectuoso nace de una causa, y así resta considerar lo restante. Yo tengo una hija... la tengo mientras es mía: que en prueba de su respeto y sumisión... notad lo que os digo... me ha entregado esta carta. (Saca una carta y lee en ella los pedazos que indica el diálogo.) Ahora resumid los hechos y sacaréis la consecuencia. «Al ídolo celestial de mi alma, á la sin par Ofelia»... Es una alta frase... una falta de frase sin par... Es una falta de frase, pero oíd lo demás. Estas letras destinadas á que tu blanco y hermoso pecho las guarde: estas...

GERTRUDIS.—¿Y esa carta se la ha enviado Hamlet?

POLONIO.—¡Bueno por cierto! Esperad un poco, seré muy fiel.

Duda que son de fuego las estrellas, duda si al sol el movimiento falta, duda lo cierto, admite lo dudoso; pero no dudes de mi amor las ansias.

Estos versos aumentan mi dolor, querida Ofelia; ni sé tampoco expresar mis penas con arte; pero cree que te amo en extremo, con el mayor extremo posible. Adiós. Tuyo siempre, mi adorada niña, mientras esta máquina exista.—HAMLET.

Mi hija, en fuerza de su obediencia, me ha hecho ver esta carta, y además me ha contado las solicitudes del príncipe, según han ocurrido, con todas las circunstancias del tiempo, el lugar y el modo.

CLAUDIO.—Y ella ¿cómo ha recibido su amor?

POLONIO.—¿En qué opinión me tenéis?

CLAUDIO.—En la de un hombre honrado y veraz.

POLONIO.—Y me complazco en probaros que lo soy. Pero ¿qué hubierais pensado de mí, si cuando he visto que tomaba vuelo este ardiente amor... porque os puedo asegurar que aun antes que mi hija me hablase, ya lo había yo advertido?... ¿qué hubiera pensado de mí V. M. y la reina que está presente si hubiera tolerado este galanteo? ¿Si haciéndome violencia á mí propio hubiera permanecido silencioso y mudo, mirándolo con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado de mí? No, señor, yo he ido en derechura al asunto, y le dije a la niña, ni más ni menos: hija, el señor Hamlet es un príncipe muy superior á tu esfera... Esto no debe pasar adelante. Y después le mandé que se encerrase en su estancia, sin admitir recados ni recibir presentes. Ella ha sabido aprovecharse de mis preceptos, y el príncipe... (para abreviar la historia) al verse desdeñado, comenzó á padecer melancolías, después inapetencia, después vigilias, después debilidad, después aturdimiento, y después (por una graduación natural) la locura que le saca de sí, y que todos nosotros lloramos.

CLAUDIO.—¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?

GERTRUDIS.—Me parece bastante probable.

POLONIO.—¿Ha sucedido alguna vez... (tendría gusto de saberlo) que yo haya dicho positivamente: «Esto hay», y que haya resultado lo contrario?

CLAUDIO.—No se me acuerda.

POLONIO.—Pues separadme ésta de éste (señalando la cabeza y el cuello) si otra cosa hubiere en el asunto... ¡Ah! por poco que las circunstancias me ayuden, yo descubriré la verdad donde quiera que se oculte, aunque el centro de la tierra la sepultara.

CLAUDIO.—¿Y cómo te parece que pudiéramos hacer nuevas indagaciones?

POLONIO.—Bien sabéis que el príncipe suele pasearse algunas veces por esa galería cuatro horas enteras.

GERTRUDIS.—Es verdad, así suele hacerlo.

POLONIO.—Pues cuando él venga, yo haré que mi hija le salga al paso. Vos y yo nos ocultaremos detrás de los tapices, para observar lo que hace al verla. Si él no la ama y no es ésta la causa de haber perdido el juicio, despedidme de vuestro lado y de vuestra corte, y enviadme á una alquería á guiar un arado.

CLAUDIO.—Sí, y lo quiero averiguar.

GERTRUDIS.—Pero, ¿veis? ¡Qué lástima! Leyendo viene el infeliz.

POLONIO.—Retiraos, yo os lo suplico: retiraos entrambos, que le quiero hablar si me dais licencia.