Los miserables · Victor Hugo

Chapter 6

Capítulo 82 de 171 · 2 min de lectura

=Reclutas=

El grupo crecía á cada instante.

Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano, y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.

Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en el hombre.

Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la casa de Courfeyrac, dijo éste:

—Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.

Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro, cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la ropa sucia.

Al bajar la escalera le gritó la portera:

—¡Señor de Courfeyrac!

—Portera, ¿cómo os llamáis?—contestó Courfeyrac.

La portera se quedó atónita.

—Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.

—Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?

—Ahí está uno que quiere hablaros.

—¿Quién es?

—No sé.

—¿Dónde está?

—En mi cuarto.

—¡Ah, diablo!—prorrumpió Courfeyrac.

—¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra vuelta,—añadió la portera.

Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:

—El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...

—No está.

—¿Volverá esta noche?

—Lo ignoro.

Y Courfeyrac añadió:

—Lo que es yo no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Adónde vais?

—¿Qué te importa?

—¿Queréis que os lleve ese cofre?

—Voy á las barricadas.

—¿Queréis que os acompañe?

—¡Si quieres tú!...—respondió Courfeyrac.—La calle es libre; las piedras son de todos.

Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.

Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les había ido siguiendo.

Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya hemos dicho que la lleva el viento.

Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la calle de San Dionisio.

LIBRO DECIMOSEGUNDO CORINTO