Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 83 de 171 · 8 min de lectura
=Historia de Corinto desde su fundación=
Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande con esta inscripción:
NAPOLEÓN HECHO TODO DE MIMBRES,
no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel sitio apenas hace treinta años.
Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.
El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.
Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz, refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.
Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración, al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.
Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está hoy la entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite Truanderie.
La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más tortuosos.
El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba, en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.
Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de ocho pisos.
Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que iban de una casa á otra.
La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas seculares.
La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.
El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle Pirouette, que salía á la calle Mondetour.
El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.
Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.
En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás, formando así como un cabo saliente sobre la calle.
En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:
Allí se mece el esqueleto horrible De un pobre enamorado que se ahorcó.
El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.
En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la Maceta de Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un poste pintado de color de rosa.
Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.
El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir en letras doradas al pie del racimo estas palabras: Á las uvas de Corinto. De ahí el nombre de Corinto.
Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de Rosas.
El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la tradición, había hecho pintar la tabla de azul.
Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al medio día.
En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.
En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada una puerta de escape en la sala grande del primer piso.
Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran los nidos de las criadas.
La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.
El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de comer.
Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas que él llamaba carpas cebadas (carpes au gras).
Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban la gente á comerlas desde muy lejos.
Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable inscripción:
CARPES HOGRAS
Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta forma:
CARPE HO RAS
De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.
Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero Careme, se había nivelado á Horacio.
Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi bodegón».
Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo el empedrado de la calle Rambuteau.
Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.
Grantaire había sido el descubridor de Corinto.
Había entrado allí á causa del carpe ho ras, y había vuelto á causa de las carpes au gras.
Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío Hucheloup era un buen hombre.
Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes, variedad divertida.
Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.
Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».
Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es un estornudo.
Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.
Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas cebadas.
Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.
Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.
Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por compasión», al decir de Bossuet.
La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación. Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus reminiscencias primaverales y de aldea.
Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir «cantar al ruiseñor en la madresierva».
La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos y de mesas, con una mesa coja de billar.
Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.
Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué siempre encendido, parecía una buhardilla.
Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.
Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este cuarteto en honor de la señora Hucheloup:
Á diez pasos admira, como á los dos espanta, Una verruga habita su nariz asombrosa; Teme uno á cada instante si sonar se le antoja, Que á parar á la boca el mejor día vaya.
Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.
La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.
Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se servían á los hambrientos en cazuelas de barro.
Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.
Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.
Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:
Regálate si puedes, y come si te atreves.



