Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 84 de 171 · 13 min de lectura

=Alegrías previas=

Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra parte.

Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.

Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.

Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, bini.

La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.

Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.

La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.

Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de Corinto.

Subieron al primer piso.

Matelote y Gibelotte los recibieron.

—Ostras, queso y jamón,—dijo Laigle.

Y se sentaron á la mesa.

El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.

Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante una botella de vino.

Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:

—Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso de Brie, y he subido.

Era Grantaire.

Grantaire cogió un taburete y se sentó.

Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.

De modo que ya eran tres.

—¿Vas á beberte esas dos botellas?—preguntó Laigle á Grantaire.

Y éste respondió:

—Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan nunca á un hombre.

Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y apuró de un sorbo media botella.

—¿Tienes algún agujero en el estómago?—preguntó Laigle.

—Tú le tienes en el codo,—contestó Grantaire.

Y después de haber vaciado su vaso, añadió:

—¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.

—Lo creo,—respondió Laigle.—Eso hace que hagamos buenas migas mi levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga. Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.

—Es verdad,—exclamó Joly entrando en la conversación;—un traje viejo es un abrigo viejo.

—Sobre todo,—dijo Grantaire,—para la boca de un hombre resfriado.

—Grantaire,—interrogó Laigle,—¿vienes de los boulevares?

—No.

—Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.

—Es un espectáculo maravilloso,—dijo Joly.

—¡Qué tranquila está esta calle!—exclamó Laigle.—¿Quién sospecharía aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista. Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos, tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos, capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo pululaban!

—No hablemos de frailes,—dijo Grantaire,—eso da ganas de rascarse.

Y luego exclamó:

—¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría. Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta! ¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!

«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los pájaros.

«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla; ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La transformación se ha hecho esta noche.

«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan los insectos son visibles.

«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á la higuera, abuela de las faldas.

«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?

«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta, ¿qué mal os ha hecho Clusio?

«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos, que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros tomamos á Clusio.

«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después gritó; Væ victis.

«Y he ahí lo que es derecho.

«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas! Yo me encojo como gallina asustada».

Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo siquiera:

—Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.

«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco importa: bebed.

«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á haber otra revolución!

«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.

«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme; tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.

«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres y revoluciones entre los sucesos.

«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores representantes.

«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un cometazo.

«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa de 1811 sobre el aviso.

«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum! ¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es descabellado; el astro como el drama.

«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.

«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.

«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.

«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre la necesidad.

«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da un baile.

«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso estoy descontento.

«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche. Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.

«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo está derrengado. Me paso á la oposición.

«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los desean los tienen.

«Total: tengo mal humor.

«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.

«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.

«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración. ¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los ociosos al grupo de los revoltosos.

«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto, lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su frontera.

«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!

«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas! ¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de gallinero!

«Apoyándome en lo cual insisto en beber.

«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.

«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.

«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.

«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.

«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa, todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».

Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos bien merecido.

—Á propósito de revolución,—dijo Joly,—parece que Mario está decididamente enamorado.

—¿Se sabe de quién?—preguntó Laigle.

—No.

—¿No?

—Te digo que no.

—¡Los amores de Mario!—exclamó Grantaire.—Los veo desde aquí. Mario es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los poetas, y quien dice poeta, dice loco. Thymbræus Apollo. Mario y su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser. Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre las estrellas.

Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga, cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la escalera.

Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño, descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado por la lluvia, y alegre.

El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.

—¿Sois vos el señor Bossuet?—le preguntó.

—Ése es mi sobrenombre,—respondió Laigle.—¿Qué me quieres?

—Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie, la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.

—Joly, préstame diez sueldos,—dijo Laigle.

Y volviéndose hacia Grantaire:

—Grantaire, préstame diez sueldos.

Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.

—Gracias, señor,—dijo éste.

—¿Cómo te llamas?—le preguntó Laigle.

—Navet, el amigo de Gavroche.

—Quédate con nosotros,—dijo Laigle.

—Almuerza con nosotros,—añadió Grantaire.

El muchacho respondió:

—No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando: ¡Abajo Polignac!

Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más respetuoso de los saludos, se fué.

Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:

—Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama Cupido.

Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:

—A. B. C., es decir entierro de Lamarque.

—El muy rubio,—dijo Grantaire,—es Enjolrás que te manda avisar.

—¿Iremos?—dijo Bossuet.

—Llueve,—respondió Joly,—y yo he jurado ir al fuego, y no al agua. No quiero resfriarme.

—Yo me quedo aquí,—dijo Grantaire;—prefiero un almuerzo á un entierro.

—Conclusión: nos quedamos,—repuso Laigle.—Pues entonces bebamos. Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.

—¡Eh! Al motín no faltaré yo,—exclamó Joly.

Laigle se frotó las manos.

—Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que molestan al pueblo sus costuras.

—Nada me importa vuestra revolución,—dijo Grantaire.—Yo no execro al gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón; es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el cielo.

La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había ido á ver «los sucesos».

—¿Es medio día ó media noche?—preguntó Bossuet.—No veo gota. ¡Gibelotte, una luz!

Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.

—Enjolrás me desdeña,—murmuró.—Enjolrás ha dicho:—«Joly está malo. Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet. Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para Enjolrás! No iré á su entierro.

Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del figón.

Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una botella rota.

Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly habían hecho renacer la alegría en Grantaire.

En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste origen de ensueños.

El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.

En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor de sueños.

Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de detenerle le atraían.

Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan terribles.

De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago, se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte, revoloteando sobre Psiquis adormecida.

Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.

Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con estrépito.

Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:

—¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup! ¡Bebamos!

Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:

—¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!

Joly gritaba ó exclamaba:

—Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.

Grantaire continuaba:

—¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en la mesa por velas?

Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.

Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.

De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos de ¡á las armas!

Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que le seguía.

La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina. Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:

—¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!

Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle de la Chanvrerie, y dijo:

—¿Qué quieres?

Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.

—¿Adónde vas?

—Á hacer una barricada,—respondió Courfeyrac.

—¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.

—Es verdad, Águila,—dijo Courfeyrac.

Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de la Chanvrerie.