Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 85 de 171 · 4 min de lectura

=La noche empieza á dominar sobre Grantaire=

El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.

Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.

Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el piso bajo hasta el tejado.

Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de amortiguar el efecto de la fusilería.

El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que allí se había instalado el grupo.

—¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—exclamaba suspirando la tía Hucheloup.

Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.

Joly se había asomado á la ventana y gritaba:

—Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.

Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez toesas de la calle.

Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.

Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.

Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin saber dónde.

Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.

Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.

No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se construye demoliendo.

Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada, y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.

Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la calle.

Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero, hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.

—Los ómnibus,—dijo,—no pasan por delante de Corinto. Non licet ómnibus adire Corinthum.

Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.

La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.

Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.

—Éste es el fin del mundo,—murmuraba.

Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora Hucheloup, decíale á Grantaire:

—Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa infinitamente delicada.

Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo. Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.

—¡Matelote es fea!—gritaba.—Matelote es el sueño de la fealdad. Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento: Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien se encierra un héroe.

«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah! ¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.

«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo demás, á mí lo mismo me da.

«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!

«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo! ¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no haría!

«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de un amante».

—¡Cállate, tonel!—dijo Courfeyrac.

Grantaire respondió:

—¡Soy capitular y maestro en juegos florales!

Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.

—¡Grantaire!—exclamó.—Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la barricada!

Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular, como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció que había vuelto en sí.

Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:

—Déjame dormir aquí.

—Vete á dormir á otra parte.

Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados, respondió:

—Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.

Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:

—Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de morir.

Grantaire replicó con voz grave:

—Ya verás.

Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente impulsado, se quedó dormido un instante después.