Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 86 de 171 · 5 min de lectura

=Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup=

Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:

—¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!

Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á la viuda tabernera.

—Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había sacudido un cobertor desde la ventana?

—Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?

—Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.

La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio de esa reparación.

Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo venganza, y diciéndole:

—Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.

El padre preguntó:

—¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?

—En la izquierda.

El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:

—Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á mi hija, yo he abofeteado á su mujer.

La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.

Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña Truanderie.

Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.

Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la tienda de un armero.

Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.

Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón; otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.

Había uno que gritaba: ¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en la punta de nuestras bayonetas!

El que decía esto no llevaba bayoneta.

Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana roja: Orden público.

Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...

Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos pálidos, y obreros ennegrecidos.

Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los sucesos posibles:

Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;

Que se contaba seguramente con un regimiento;

Que París se sublevaría...

Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de alegría cordial.

Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.

En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla de estaño del bodegón.

Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban revueltos en las mesas con los vasos de vino.

En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos, barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y las hacían temblar.

El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.

En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después del momento en que fué detenido el ómnibus.

Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir; metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.

¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí, indudablemente; su alegría.

Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.

Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos, reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la mosca del inmenso coche revolucionario.

En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños pulmones el perpetuo clamor.

—¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay? Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada; es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad, ahí tenéis una puerta vidriera.

Esto hizo exclamar á los trabajadores:

—¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una puerta-vidriera, tubérculo?

—Los tubérculos sois vosotros,—respondió Gavroche.—Una puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!

Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á otro pidiendo:

—¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?

—¡Un fusil á ti!—dijo Combeferre.

—¡Toma!—replicó Gavroche.—¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando se disputaba con Carlos X!

Enjolrás se encogió de hombros diciendo:

—Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.

Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:

—Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.

—¡Pilluelo!—dijo Enjolrás.

—¡Boquirrubio!—replicó Gavroche.

Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la calle, vino á distraerles.

Gavroche le gritó:

—¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para la vieja patria?

El elegante se escabulló.