Los miserables · Victor Hugo

Chapter 6

Capítulo 88 de 171 · 3 min de lectura

=Esperando=

Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?

Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.

Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac, Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros, se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido, con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:

¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida, Cuando tiernos y jóvenes los dos, Sin agitar el pecho otras envidias Que del bien parecer y del amor;

Que sumando tus años á los míos La suma á los cuarenta no alcanzó, Y que en nuestra morada, dulce nido, En primavera, invierno se trocó?

¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente, París santos banquetes celebraba, Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta Había un alfiler que me pinchaba.

Todos te contemplaban. Yo abogado Sin pleitos, á comer te convidaba Al Prado, y tú estabas tan hermosa Que por verte sus flores se agitaban.

Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura! ¡Cómo perfuma su cabello el aire! Bajo su manteleta alas esconde. Es su sombrero la corona de ángel.

Vagábamos los dos unidos siempre, Y las gentes pensaban al mirarnos Que el amor en nosotros desposaba El tierno abril con el florido mayo.

Saboreando solos, sin testigos, Aquel fruto dulcísimo vedado, Nunca mi boca formuló un deseo Que por tu corazón fuera negado.

Fué la Sorbona el sitio donde siempre Te adoraba de noche y de mañana, Que es así como un alma tierna aplica Su latín amoroso sobre el mapa.

Cuando en el cuarto aquel de primavera. ¡Oh plazas de Maubert y del Delfín! Alisabas tu media transparente, Un astro vislumbraba en el confín.

Mucho leí á Platón, y ya nada me falta Mejor que Lamennais y que Malebranche. Tú la bondad celeste me mostrabas Con una flor que me quisieras dar.

Te obedecía yo, y estabas tú sumisa. ¡Oh dorado desván! donde desenlazaba Tus cintas, contemplándote en camisa En el espejo en que te retratabas.

¡Y quién nunca podrá echar en olvido De aquellos tiempos la lucida aurora, De cintas y de flores y de rizos En que hablaba el amor su lengua hermosa.

Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán; Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón; Y la cuenca de arcilla yo solía tomar Cediéndote la taza de piedra del Japón.

¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos El ver tu boa perdido, quemado tu manchón! ¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare Vendido cierto día para una colación!

Era yo mendicante y tú caritativa, Besé de agradecido tu mano tersa y blanca; Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía Para cenar alegres unas cuantas castañas.

Cuando por vez primera en mi desván alegre Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor, Al verte despeinada, ruborosa la frente, Palidecí, creyendo desde luego en Dios.

¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas, Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones? ¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas Volaron desde el fondo de nuestros corazones!

La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud, algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho ya, era un tiernísimo poeta.

Y todos aquellos jóvenes saboreaban aquel rato de delicia contemplativa como en los felices días en que se reunían sin zozobra en la apartada sala del café Musain.

La preocupación política huía ante la fantasía de la juventud sentimental.

Entre tanto, se había encendido una antorcha en la barricada pequeña, y en la grande una de esas hachas que el martes de carnaval se ven precediendo á los coches cargados de máscaras que van á la Courtille.

Estas luminarias, como hemos dicho, venían del arrabal de San Antonio.

Habían metido la antorcha en una especie de jaula de adoquines cerrada por tres lados para abrigarla del viento, y arreglada de modo que toda la luz diese sobre la bandera.

La calle y la barricada quedaban en la obscuridad, y no se veía más que la bandera roja formidablemente iluminada como una enorme linterna sorda.

Esta luz extendía sobre la escarlata de la bandera un tinte de púrpura terrible.