Los miserables · Victor Hugo

Chapter 7

Capítulo 89 de 171 · 5 min de lectura

=El hombre reclutado en la calle de Billettes=

La noche había ya caído por completo; nadie se acercaba.

No se oían más que rumores confusos, y por instantes descargas, pero raras, débiles y lejanas.

Este plazo, que se prolongaba, era señal de que el gobierno se tomaba tiempo y reunía sus fuerzas.

Estos cincuenta hombres esperaban á sesenta mil.

Enjolrás se sentía dominado por esa impaciencia que se apodera de las almas fuertes en el umbral de los grandes sucesos.

Fué á buscar á Gavroche que se había puesto á hacer cartuchos en la sala baja, á la dudosa claridad de dos velas colocadas sobre el mostrador, por precaución, á causa de la pólvora esparcida sobre las mesas.

Además, los insurrectos habían tenido buen cuidado de no encender luz en los pisos superiores.

Gavroche en aquel instante estaba muy pensativo, aunque no precisamente por sus cartuchos.

El hombre de la calle de Billettes acababa de entrar en la sala baja, y había ido á sentarse junto á la mesa menos alumbrada.

Habíale tocado un fusil de munición del mejor modelo, que sostenía entre ambas piernas.

Gavroche, hasta entonces distraído por mil cosas «divertidas», no había ni aún reparado en aquel hombre.

Cuando entró le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil, y después, en cuanto el hombre se sentó, se levantó el pilluelo repentinamente, como impulsado por una idea extraña.

Los que hubieran observado á aquel hombre hasta aquel momento, le habrían visto espiarlo todo en la barricada y en el grupo de los insurrectos con singular atención; pero desde que entró en la sala se sumergió en el recogimiento, y parecía no ver nada de lo que pasaba.

El pilluelo se aproximó á aquel hombre pensativo, y empezó á dar vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies, como se hace cuando no se quiere despertar á alguno.

Al mismo tiempo en su rostro infantil, á la vez tan descarado y tan serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan entusiasta, se fueron pintando sucesivamente todos esos gestos de viejo que significan: ¡Ah! ¡Bah!... ¡No es posible!... ¡Tengo telarañas en los ojos!... ¡Deliro!... ¿Será él?... No, no es... ¡Pero sí! ¡Pero no! etc., etc.

Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los bolsillos, agitaba el cuello como un pájaro, y empleaba en un gesto de desprecio toda la sagacidad de su labio inferior.

Estaba estupefacto, vacilante, incrédulo, convencido, deslumbrado.

Tenía el semblante de un jefe de eunucos en el mercado de esclavas, descubriendo una Venus entre mil mujeronas, y el gesto de un aficionado reconociendo un cuadro de Rafael entre un montón de mamarrachos.

Obraban en él á un tiempo mismo el instinto que olfatea y la inteligencia que combina.

Era evidente que se acercaba un acontecimiento para Gavroche.

En lo más profundo de este examen se acercó á él Enjolrás.

—Tú eres pequeño,—le dijo,—y nadie te verá. Sal de las barricadas, deslízate á lo largo de las casas, date una mirada por las calles, y ven á decirme lo que hay.

Gavroche se empinó sobre sí mismo.

—¡Los pequeños servimos, pues, para algo! ¡Esto es una felicidad! Allá voy. Pero entre tanto, confiad en los pequeños y desconfiad de los grandes.

Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de la calle de Billettes:

—¿Veis aquel grande?

—¿Y qué?

—Es un espía.

—¿Estás seguro?

—Aún no hace quince días que me bajó cogido de la oreja, de la cornisa del Puente Real, adonde estaba yo tomando el fresco.

Enjolrás se separó inquieto del pilluelo, y dijo por lo bajo algunas palabras á un obrero del muelle de vinos que estaba allí.

El obrero salió de la sala, y volvió al momento acompañado de otros tres.

Entonces Enjolrás se acercó al hombre, y le preguntó:

—¿Quién sois?

Á esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió á Enjolrás una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila, pareciendo adivinar su pensamiento.

Sonrió entonces con la sonrisa más desdeñosa, más enérgica y resuelta del mundo, contestando con altiva gravedad:

—Ya os entiendo... ¡Pues bien, sí!

—¿Sois un espía?

—Soy agente de la autoridad.

—¿Cómo os llamáis?

—Javert.

Enjolrás hizo una señal á los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que Javert tuviese tiempo de volverse, le cogieron por el cuello, le derribaron y le registraron.

Se le encontró encima una tarjetita circular pegada entre dos vidrios, la cual tenía grabadas por un lado las armas de Francia y esta leyenda: Inspección y vigilancia, y en la otra esta mención: «JAVERT, inspector de policía; edad, cincuenta y dos años», con la firma del prefecto de policía de entonces, Gisquet.

Llevaba además su reloj y su bolsillo, éste contenía algunas monedas de oro; se le dejó la bolsa y el reloj.

Detrás del reloj, en el fondo del bolsillo, descubrióse por el tacto un papel doblado, que desdobló Enjolrás, leyendo estas cuatro líneas, escritas de mano del prefecto de policía:

«En cuanto el inspector Javert, haya cumplido su misión política, se asegurará, por medio de una vigilancia especial, de si es cierto que algunos malhechores andan vagando por la ribera baja de la derecha del Sena, cerca del Puente de Jena».

Terminado el registro, levantaron á Javert, sujetáronle los brazos por detrás de la espalda, y le ataron en medio de la sala baja al mencionado poste que había dado antiguamente nombre al bodegón.

Gavroche, que había presenciado y aprobado toda la escena con silenciosos movimientos de cabeza, se acercó á Javert y le dijo:

—Es el ratón el que ha cogido al gato.

Todo esto se había ejecutado con tanta rapidez, que todo estaba concluido cuando empezaron á notarlo en el figón.

Alguien había visto al obrero del muelle de vinos hablar misteriosamente con sus tres compañeros, examinar sus pistolas, y esconder bajo la blusa un lío de cuerdas; la curiosidad les obligó á seguirles hasta la puerta del bodegón, pero no entró nadie con ellos.

Refirió á otros lo que había observado, y ya entonces empezó á circular aquel rumor que donde hay mucha gente reunida pone en movimiento, por una futilidad cualquiera, á los más impacientes ó más ávidos de emociones.

Javert no había dado ni un grito; y en cuanto estuvo atado al poste, acudieron Courfeyrac, Bossuet, Joly, Combeferre, y los demás que andaban dispersos por las barricadas.

Javert, recostado en el poste, y tan rodeado de cuerdas que no podía hacer un movimiento, levantaba la cabeza con la serenidad intrépida del hombre que no ha mentido nunca.

—Es un espía,—dijo Enjolrás.

Y volviéndose hacia Javert:

—Seréis fusilado diez minutos antes de que se tome la barricada.

Javert replicó con su acento peculiar más imperioso:

—¿Por qué no enseguida?

Por economía de pólvora.

—Entonces matadme de una cuchillada.

—¡Polizonte,—exclamó el arrogante Enjolrás,—nosotros somos jueces y no asesinos!

Después llamó á Gavroche.

—¡Tú á tu negocio! ¡Haz lo que te he dicho!

—Voy,—contestó Gavroche.

Y deteniéndose en el momento de partir, añadió:

—Á propósito: ¡me daréis su fusil! Yo os dejo el músico; pero quiero el clarinete.

El pilluelo hizo el saludo militar, saltando enseguida alegremente por la cortadura de la gran barricada.