Los miserables · Victor Hugo

Chapter 8

Capítulo 90 de 171 · 6 min de lectura

=Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá no se llamaba Cabuc=

La pintura trágica que hemos emprendido no sería completa, y el lector no vería en ella, en su relieve exacto y verdadero, esos grandes momentos del drama social y del desarrollo revolucionario en que la convulsión se mezcla con la fuerza, si omitiésemos en nuestro bosquejo un incidente lleno de cierto horror épico y feroz que ocurrió casi al tiempo mismo de marcharse Gavroche.

Los grupos, como es sabido, son bolas de nieve, y confunden al rodar un montón de hombres tumultuosos, á los cuales nadie pregunta de dónde vienen.

Entre los transeúntes que se habían unido al grupo dirigido por Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac, había uno que llevaba una chaqueta de esportillero, bastante usada de los hombros, que gesticulaba y vociferaba, con cierto aspecto de borracho salvaje.

Aquel hombre, llamado ó apodado Cabuc, y desconocido completamente á los que pretendían conocerle, muy ebrio como hemos dicho, ó aparentando estarlo, se había sentado con algunos otros á una mesa que habían sacado fuera del bodegón.

El tal Cabuc, al mismo tiempo que hacía beber á sus compañeros de conversación, parecía contemplar con aire reflexivo la casa grande del fondo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y daban frente á la de San Dionisio.

De repente exclamó:

—Compañeros, mirad, desde esa casa es desde donde debemos tirar. Puestos en las ventanas, ¡ni el diablo entra en la calle!

—Sí; pero está cerrada la casa,—dijo uno de los bebedores.

—Y no querrán abrir,—dijo otro.

—¡Llamemos!

—No abrirán.

—¡Echemos abajo la puerta!

Cabuc corre á la puerta, que tenía un llamador muy pesado, y llama, pero no abren la puerta. Vuelve á llamar; nadie responde. Da un tercer golpe; el mismo silencio.

—¿Hay alguien por aquí?—gritó Cabuc.

Nadie se movió.

Entonces cogió un fusil y empezó á dar culatazos á la puerta.

Era una puerta antigua de pasadizo, cintrada, baja, estrecha, sólida, de encina maciza, forrada por el interior de una chapa de palastro y de una armadura de hierro; verdadera poterna de fortaleza.

Los culatazos hacían temblar la casa, pero no conmovían la puerta.

Los vecinos debieron, sin embargo, alarmarse, porque al fin se vió iluminarse y abrirse un ventanillo cuadrado del tercer piso, y aparecer en él una luz y la cara bonachona y asustada de un buen hombre de pelo entrecano, que era el portero.

El que daba los culatazos se paró.

—Señores,—dijo el portero,—¿qué se ofrece?

—¡Abre!—dijo Cabuc.

—Señores, no se puede.

—¡Abre, sea como fuere!

—¡Es imposible, señores!

—¡Yo te daré lo imposible!

Cabuc cogió el fusil y apuntó al portero; pero estaba debajo y era de noche; éste no le vió.

—¿Quieres abrir? ¿Sí ó no?

—¡No, señores!

—¿Dices que no?

—Digo que no, buenos...

El portero no pudo acabar, partió el tiro; la bala le entró por debajo de la barba y le salió por la nuca, después de atravesar la vena yugular.

El pobre viejo cayó sin dar un suspiro; la luz se le fué de las manos y se apagó; no viéndose después más que una cabeza inmóvil, recostada en el borde de la ventana, y un poco de humo blanquecino que subía hacia el tejado.

—¡Ahí queda!—dijo Cabuc, dando un culatazo en el suelo.

Apenas había pronunciado esta palabra, sintió una mano que le cogía del cuello con la fuerza de la garra de un águila, y oyó una voz que le decía:

—¡De rodillas!

El asesino se volvió, y vió delante de sí el rostro pálido y sereno de Enjolrás, que tenía una pistola en la mano.

Había acudido al oir la detonación.

Con la mano izquierda había cogido el cuello, la blusa, la camisa y el tirante de Cabuc.

—¡De rodillas!—repitió.

Y con un movimiento soberano, el delicado joven de veinte años dobló como una caña al robusto ganapán, haciéndole caer de rodillas sobre el lodo.

Cabuc trató de resistir; pero parecía sujetado por un puño sobrehumano.

Enjolrás, pálido, con el cuello descubierto, los cabellos esparcidos y el rostro femenil, tenía en aquel momento algo de la famosa Témis de la antigüedad.

Su expresiva nariz, y sus ojos bajos, daban á su implacable perfil griego aquella expresión de cólera y de castidad que el mundo antiguo creía propiedad de la justicia.

Todos los de la barricada habían acudido, y colocándose en círculo á cierta distancia, conociendo que era imposible pronunciar una palabra ante lo que iban á ver.

Cabuc, vencido, no trataba ya de defenderse, y temblaba de pies á cabeza. Enjolrás le soltó, y sacó el reloj.

—¡Recógete en ti mismo!—le dijo.—Reflexiona ú ora. ¡Te queda un minuto!

—¡Perdón!—murmuró el asesino. Después bajó la cabeza, y balbuceó algunos juramentos inarticulados.

Enjolrás no apartó la vista del reloj, dejó pasar el minuto y volvió el reloj al bolsillo.

En seguida cogió por los cabellos á Cabuc, que se revolvía contra sus rodillas aullando, y apoyó en su oreja el cañón de la pistola.

Muchos de aquellos hombres intrépidos que habían entrado tan tranquilamente en una de las más terribles aventuras, volvieron la cabeza.

Oyóse la explosión; el asesino cayó al suelo boca abajo.

Enjolrás se enderezó, paseando en derredor suyo una mirada convencida y severa.

Luego empujó el cadáver con el pie, diciendo:

—Quitad eso de ahí.

Tres hombres levantaron el cuerpo del asesino, que se agitaba en las últimas convulsiones maquinales de la vida espirante, y le arrojaron por encima de la barricada en la callejuela Mondetour.

Enjolrás se había quedado pensativo. No se sabe qué grandiosas tinieblas se esparcieron lentamente sobre su imponente severidad.

De pronto levantó la voz; todos le escucharon en silencio.

—Ciudadanos,—dijo Enjolrás:—lo que este hombre ha hecho es espantoso, lo que yo he hecho es horrible. Le he matado, por haber matado; y he debido hacerlo, porque la insurrección debe tener su disciplina. El asesinato es ahora mayor crimen que en otras circunstancias; estamos bajo los ojos de la revolución, somos los apóstoles de la república; somos las víctimas del deber, y es preciso que nadie pueda calumniar nuestra lucha. Por esto he juzgado y condenado á muerte á ese hombre. En cuanto á mí, obligado á hacer lo que he hecho, pero aborreciéndolo, me he juzgado también, y pronto vais á ver cómo me he condenado.

Los que le escucharon temblaron.

—Nosotros participaremos de tu suerte,—dijo Combeferre.

—¡Gracias!—respondió Enjolrás.—Pero oídme todavía una palabra. Al matar á ese hombre he obedecido á la necesidad; pero la necesidad es un monstruo del viejo mundo, la necesidad se llama Fatalidad. La ley del progreso es que los monstruos desaparezcan ante los ángeles, y que la Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad.

«No es este momento á propósito para pronunciar la palabra amor. No importa; yo la pronuncio y la glorifico. Amor mutuo, el porvenir es tuyo. Muerte, yo me sirvo de ti, pero te aborrezco.

«Ciudadanos, en el porvenir no habrá tinieblas, ni rayos, ni feroz ignorancia, ni pena sangrienta del Talión; como no habrá Satanás, no habrá tampoco necesidad de Arcángel. En el porvenir nadie matará á nadie; la tierra resplandecerá, y el género humano amará. Ciudadanos, llegará ese día en que todo será amor, concordia, armonía, luz, alegría y vida; vendrá, sí; y para que venga, nosotros vamos á morir».

Enjolrás se calló.

Sus labios de virgen se cerraron, y quedó por un buen espacio, de pie en el sitio en que había derramado aquella sangre, con la inmovilidad del mármol. Su mirada fija hacía que se hablase por lo bajo á su alrededor.

Juan Provaire y Combeferre se estrechaban la mano silenciosamente, apoyados uno contra el otro en el ángulo de la barricada, miraban con cierta admiración algo compasiva á aquel joven tan grave, verdugo y sacerdote, transparente como el cristal, y duro como la roca.

Digamos, de paso, que después del combate, cuando los cadáveres fueron llevados al depósito y registrados, se encontró en el de Cabuc una cédula de agente de policía.

El autor de este libro ha tenido en sus manos, en el año 1848, el informe especial dado con este motivo al prefecto de policía de 1832.

Añadamos que, si hemos de creer una tradición de policía extraña, pero probablemente fundada, Cabuc era Claquesous. El hecho es que desde la muerte de Cabuc no volvió á hablarse más de Claquesous.

Aquel miserable no dejó huella alguna de su desaparición; parecía haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido todo tinieblas; su fin debió ser la noche.

Por el contrario, todos los que componían la banda de malhechores de que él formaba parte, figuraron más ó menos después, y su fin fué conocido bajo las diversas fases que reviste la existencia de bandido.

Todo el grupo de insurrectos se hallaba aún bajo la emoción de aquel proceso trágico, instruido y terminado tan rápidamente, cuando Courfeyrac volvió á ver en la barricada al jovencillo que por la mañana había preguntado en su casa por Mario.

Aquel muchacho, de aspecto atrevido é indiferente, había vuelto por la noche á reunirse con los insurrectos.

NOTAS:

Pot-aux-roses, maceta de rosas, y Poteau rose, poste de color de rosa, tienen en francés la misma pronunciación.

LIBRO DECIMOTERCERO MARIO ENTRA EN LA SOMBRA