Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 91 de 171 · 4 min de lectura

=Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio=

Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino.

Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.

Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la desesperación, son tentadoras.

Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del jardín, y dijo: «¡Vamos!».

Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas las cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar rápidamente con la vida.

Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos cachorrillos que le dió Javert.

El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de las calles.

Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.

Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.

Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los Príncipes y del hotel Mauricio.

Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.

Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas como de ordinario.

En la plaza del Palacio Real había caballería.

Mario siguió por la calle de San Honorato.

Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.

Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo, salía de la misma un murmullo sordo y profundo.

Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una corriente.

Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas amontonadas, que hablaban en voz baja.

Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones, blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.

Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.

Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.

Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.

Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una sola vidriera en que brillase una luz.

Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y decreciente de los faroles.

Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de una enorme araña.

Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.

Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí terminaba la multitud, y empezaba el ejército.

Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le habían llamado y debía ir.

Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las patrullas y evitó los centinelas.

Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.

Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.

Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era entrar en una cueva.

Continuó avanzando.

Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello había pasado, y se había desvanecido.

De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.

Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos. Había allí una barricada bosquejada y abandonada.

Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del obstáculo.

Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las casas.

Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no comprende éste las de la Providencia.

Mario pasó adelante.

Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una bacía colgada á la puerta de una barbería.

En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.

Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no encontró nada.

Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas sombrías.

Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.