Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 92 de 171 · 4 min de lectura
=París á vista de búho=
Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.
Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de París.
La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo rumor, todo movimiento.
La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.
Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.
Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.
Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.
El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras, habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran por entre ruinas; eran las barricadas.
El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios, de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca en fantasmas.
Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles, el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto; formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.
El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir, cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.
Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles; sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.
Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles, ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.
¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.
Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden y el motín, iban á buscarse á tientas.
Para unos y para otros la necesidad era la misma.
Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.
Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.
Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual encarnizamiento, igual decisión.
Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.
Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una revolución ó un chispazo apagado.
El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que el último ciudadano.
De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.
No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.
Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada lamentándose en las tinieblas.
Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las armonías de aquel conjunto.
Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte con sus melancólicos pliegues.
Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.
Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del pueblo.
Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios, que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como la voz del trueno.



