Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 93 de 171 · 9 min de lectura

=El último extremo=

Mario había llegado á los Mercados.

Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las calles próximas.

Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra extendiéndose bajo el cielo.

Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad rojiza.

Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.

Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de Predicadores, y entró en ella.

El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle no le vió.

Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de puntillas.

Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.

En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y miró en aquel trozo de calle.

Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.

Todo eso estaba á diez toesas de él.

Era el interior de la barricada.

Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el resto del figón, la gran barricada y la bandera.

Mario no tenía que dar sino un paso.

Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los brazos, y se puso á pensar en su padre.

Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde, Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac, en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño, habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.

Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido, atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.

Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.

Estremecióse entonces.

Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.

Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir; porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.

Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada, de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la espada del ángel.

Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.

Después se puso á llorar amargamente.

Esto era horrible.

Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había ausentado, era preciso morir.

¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?

Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.

Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.

¿Para qué, pues, vivir ya?

Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la guerra civil, me voy!».

¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban, que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del patriotismo!

¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano, gritándole: «¡Adelante, cobarde!».

Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.

De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie de rectificación espléndida.

Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.

La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le presentaba, no ya horrible, sino soberbia.

La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.

Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á ninguno.

Veamos:

¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues, de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á empeñarse?

No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.

La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.

Pero ¿es verdad que la patria se queja?

Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.

Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría hablando de guerra civil?

¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra fratricida?

La guerra no se califica por su objeto.

No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra justa ó guerra injusta.

Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra, al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que censurar, pues, en esa guerra?

La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización, á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se llama crimen.

Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma cualquiera de guerra puede condenar á otra?

¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo Desmoulins?

Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.

Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de Blankenheim, á Coligny.

¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España, Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.

Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el derecho divino es extranjero.

El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la frontera geográfica.

Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el propio territorio.

Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja. Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.

Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.

Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.

Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero, arrojarles la luz á grandes puñados.

Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este deslumbramiento les despierta.

De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.

Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares, la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.

¡Abajo el tirano!

¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni tampoco á Luis XVI.

Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda compasión hacia el hombre debe reprimirse.

Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay por lo de Borbón en Luis Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza. Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.

En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad, volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.

Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias, de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo con sus torres de odio.

Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.

Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.

No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun discuten tesis.

La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota, sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.

Éste era el estado de ánimo de Mario.

Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba por lo interior de la barricada.

Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.

Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento. Era el portero muerto por Cabuc.

Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se descubría vagamente aquella cabeza.

Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle en actitud de curiosidad.

Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.

Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer piso, donde se había detenido.

LIBRO DECIMOCUARTO GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN