Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 94 de 171 · 4 min de lectura

=La bandera: primer acto=

Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.

Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina, junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.

De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara, joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. Á la luz de la luna, esta poesía que terminaba con un grito parecido al canto del gallo:

Mi nariz de lágrimas, Amigo Bugead; Préstame gendarmes Para hablarles yo. Capote azulado, Gallina al chacó. ¡Ahí tienes el colmo! ¡Co—coricó!

Ellos se apretaron la mano.

—Es Gavroche,—dijo Enjolrás.

—Nos avisa,—dijo Combeferre.

Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:

—¡Mi fusil! ¡Ahí están!

Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el movimiento de las manos buscando los fusiles.

—¿Quieres mi carabina?—dijo Enjolrás al pilluelo.

—Quiero el fusil grande,—respondió Gavroche.

Y tomó el fusil de Javert.

Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los puentes y del Mercado no venía nadie.

La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera, ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente abierto en una humareda.

Cada cual se había colocado en su puesto de combate.

Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás, Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos á hacer fuego.

Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.

Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.

Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción, con una continuidad tranquila y horrorosa.

No se oía más que eso.

Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que la idea de un espectro.

Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.

Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.

Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.

No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo, entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos, finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.

Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.

De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma obscuridad, gritó:

—¿Quién vive?

Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las manos.

Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.

—¡Revolución francesa!

—¡Fuego!—dijo la voz.

Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.

Una terrible detonación estalló sobre la barricada.

Cayó al suelo la bandera roja.

La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta, es decir, la punta de la lanza del ómnibus.

Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron en la barricada, é hirieron á muchos hombres.

La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos. Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.

—Compañeros,—gritó Courfeyrac,—no gastemos pólvora en balde. Esperemos á que entren en la calle para contestarles.

—En primer lugar,—dijo Enjolrás,—icemos de nuevo la bandera.

Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.

Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa cargaba las armas otra vez.

Enjolrás añadió:

—¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre la barricada? Ninguno respondió.

Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo, era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás mismo sintiendo cierto temblor, repitió:

—¿No hay quién se atreva?