Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 95 de 171 · 4 min de lectura

=La bandera: acto segundo=

Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf quien, sin embargo, no se había separado del grupo.

Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado detrás del mostrador.

Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no veía ni pensaba.

Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.

Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos, y se apagaban.

Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un abismo.

Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su pensamiento estuviese en la barricada.

Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo custodiándole, y el señor Mabeuf.

En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía por segunda vez su pregunta:

—¿No hay quién se atreva?

La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos; y se oyeron estos gritos:

—¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!

Es probable que él no lo oyera.

Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de adoquines que formaba la barricada.

Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor: «¡Abajo los sombreros!».

Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del 93 con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.

Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los prodigios.

En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y gritó:

—¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y muerte!

Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un cura apresurado que murmura una oración.

Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones legales desde la otra parte de la calle.

Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:

—¡Retiraos!

El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y repitió:

—¡Viva la república!

—¡Fuego!—dijo la voz.

Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la barricada.

El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo lo largo, con los brazos en cruz.

La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y triste, parecía mirar al cielo.

Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al cadáver con horrible espanto.

—¡Qué grandes hombres estos regicidas!—dijo Enjolrás.

Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.

—Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.

—Cabeza de topo y corazón de Bruto,—respondió Enjolrás.

Después levantando la voz, exclamó:

—Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes. Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado. ¡He aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!

Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.

Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:

—He aquí ahora nuestra bandera.