Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 102: Sobre las señales de nuestra inmortalidad
Capítulo 102 de 124 · 5 min de lectura
1. Así como resulta molesto aquel que despierta a quien sueña sueños placenteros (pues está arruinando un deleite que, aunque irreal, tiene sin embargo apariencia de realidad), de igual modo tu carta me ha causado un daño. Porque me ha hecho volver bruscamente, absorto como estaba en una meditación agradable y dispuesto a avanzar aún más si se me hubiera permitido.
2. Me complacía investigar la inmortalidad de las almas, es más, en creer en esa doctrina. Pues prestaba oído atento a las opiniones de los grandes autores, quienes no solo aprueban sino que prometen esta condición tan grata. Me entregaba a tan noble esperanza; porque ya estaba cansado de mí mismo, comenzando ya a despreciar los fragmentos de mi existencia rota, y sintiendo que estaba destinado a pasar a esa infinitud de tiempo y a la herencia de la eternidad, cuando de pronto fui despertado por la llegada de tu carta y perdí mi hermoso sueño. Pero, si logro deshacerme de ti, lo buscaré y rescataré de nuevo.
3. Al principio de tu carta mencionabas que no había explicado todo el problema—en el que intentaba demostrar una de las creencias de nuestra escuela, que la fama que se obtiene después de la muerte es un bien; pues no había resuelto el problema con el que usualmente nos enfrentamos: “Ningún bien puede consistir en cosas que son distintas y separadas; sin embargo, la fama consiste en tales cosas.”
4. Lo que preguntas, mi querido Lucilio, pertenece a otro tema del mismo asunto, y por eso había pospuesto los argumentos, no solo sobre este punto, sino sobre otros que también abarcaban el mismo terreno. Porque, como sabes, ciertas cuestiones lógicas se mezclan con las éticas. Por lo tanto, traté la parte esencial de mi tema que tiene que ver con la conducta—si es necio e inútil preocuparse por lo que está más allá de nuestro último día, o si nuestros bienes mueren con nosotros y no queda nada de quien ya no existe, o si puede obtenerse o intentarse algún provecho de aquello que, cuando llegue, no seremos capaces de sentir.
5. Todas estas cuestiones tienen relación con la conducta, y por eso han sido incluidas bajo el tema correspondiente. Pero las observaciones de los dialécticos en oposición a esta idea debían ser apartadas y, en consecuencia, fueron dejadas de lado. Ahora que exiges una respuesta a todas ellas, examinaré todas sus afirmaciones y luego las refutaré una por una. Sin embargo, a menos que haga una observación preliminar, será imposible entender mis refutaciones. ¿Y cuál es esa observación preliminar? Simplemente esta: existen ciertos cuerpos continuos, como un hombre; existen ciertos cuerpos compuestos—como barcos, casas y todo aquello que resulta de unir partes separadas en un todo; existen otros formados por cosas que son distintas, cada miembro permaneciendo separado—como un ejército, un pueblo o un senado. Porque las personas que componen tales cuerpos están unidas por virtud de la ley o la función; pero por su naturaleza son distintas e individuales. Bien, ¿qué otra observación previa deseo hacer? Simplemente esta: creemos que nada es un bien si está compuesto de cosas que son distintas. Pues un solo bien debe ser regulado y controlado por un solo espíritu; y la cualidad esencial de cada bien debe ser única. Esto puede probarse por sí mismo cuando lo desees; mientras tanto, sin embargo, debía dejarse de lado, porque nuestras propias armas están siendo lanzadas contra nosotros.
16. De nuevo, como he dicho, el elogio es más asunto de la mente que del discurso; pues el discurso manifiesta el elogio que la mente ha concebido y lo publica ante la atención de muchos. Juzgar a un hombre digno de elogio es elogiarlo. Y cuando nuestro poeta trágico nos canta que es admirable “ser elogiado por un héroe bien elogiado”, quiere decir, “por uno que es digno de elogio”. Asimismo, cuando un bardo igualmente venerable dice: “El elogio nutre las artes”, no se refiere a la concesión de elogios, pues eso arruina las artes. Nada ha corrompido tanto la oratoria y todos los demás estudios que dependen de la audiencia como la aprobación popular.
17. La reputación necesariamente exige palabras, pero la fama puede contentarse con el juicio de los hombres y bastar sin la palabra hablada. Se satisface no solo con la aprobación silenciosa, sino incluso ante la protesta abierta. En mi opinión, existe esta diferencia entre la fama y la gloria: la última depende del juicio de muchos; pero la fama, del juicio de los hombres buenos.
18. Surge la objeción: “¿Pero de quién es este bien de la fama, este elogio otorgado a un hombre bueno por hombres buenos? ¿Es del elogiado o del que elogia?” De ambos, digo yo. Es un bien para mí, en cuanto soy elogiado, porque he nacido naturalmente para amar a todos los hombres, y me alegro de haber hecho buenas acciones y me felicito por haber encontrado hombres que expresan sus ideas sobre mis virtudes con gratitud; que sean agradecidos es un bien para muchos, pero también lo es para mí. Pues mi espíritu está tan dispuesto que puedo considerar el bien de otros hombres como propio—al menos de aquellos cuyo bien yo mismo he causado.
19. Este bien es también el bien de quienes otorgan el elogio, pues se aplica por medio de la virtud; y todo acto de virtud es un bien. Mis amigos no podrían haber encontrado esta bendición si yo no hubiera sido un hombre de la debida calidad. Por lo tanto, es un bien que pertenece a ambas partes—este ser elogiado cuando se lo merece—tan verdaderamente como una buena decisión es el bien de quien la toma y también de aquel en cuyo favor se ha dado. ¿Dudas acaso de que la justicia es una bendición tanto para quien la posee como para el hombre a quien se le pagó lo justo? Elogiar al que lo merece es justicia; por lo tanto, el bien pertenece a ambas partes.
20. Esto será una respuesta suficiente para quienes comercian con sutilezas. Pero no debería ser nuestro propósito discutir con ingenio y arrastrar a la Filosofía desde su majestad hasta tales nimiedades. ¡Cuánto mejor es seguir el camino abierto y directo, en vez de trazar para uno mismo una ruta sinuosa que luego habrá que desandar con infinito esfuerzo! Pues tal argumentación no es otra cosa que el juego de hombres que hábilmente se hacen malabares unos a otros.
21. Dime mejor cuán de acuerdo con la naturaleza es dejar que la mente se extienda hacia el universo sin límites. El alma humana es algo grande y noble; no admite límites, salvo aquellos que pueden ser compartidos incluso por los dioses. Ante todo, no consiente en un lugar de nacimiento humilde, como Éfeso o Alejandría, ni en ninguna tierra aún más densamente poblada que éstas y más ricamente adornada de viviendas. La patria del alma es todo el espacio que rodea la altura y la anchura del firmamento, toda la bóveda redondeada bajo la cual se hallan la tierra y el mar, en la que el aire superior que separa lo humano de lo divino también los une, y donde todas las estrellas centinelas cumplen su turno de guardia.
22. Además, el alma no tolera una existencia de corta duración. “Todos los años”, dice el alma, “son míos; ninguna época está cerrada para las grandes mentes; todo el Tiempo está abierto al progreso del pensamiento. Cuando llegue el día de separar lo celestial de su mezcla terrenal, dejaré el cuerpo aquí donde lo encontré, y por mi propia voluntad me dirigiré hacia los dioses. No estoy separado de ellos ahora, sino que sólo estoy retenido en una prisión pesada y terrenal.”
23. Estas demoras de la existencia mortal son un preludio para una vida más larga y mejor. Así como el vientre materno nos retiene durante diez meses, preparándonos no para el vientre mismo, sino para la existencia a la que parecemos ser enviados cuando por fin estamos listos para respirar y vivir al aire libre; así también, a lo largo de los años que se extienden entre la infancia y la vejez, nos preparamos para otro nacimiento. Nos espera un principio diferente, una condición diferente.



