Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 103: Sobre los peligros de la convivencia con los demás
Capítulo 103 de 124 · 2 min de lectura
1. ¿Por qué buscas problemas que tal vez se presenten en tu camino, pero que bien podrían no ocurrir jamás? Me refiero a incendios, derrumbes y otros accidentes de ese tipo, que son más bien sucesos fortuitos que conspiraciones en nuestra contra. Más bien, cuídate y evita aquellos males que nos acechan y extienden sus manos hacia nosotros. Los accidentes, aunque puedan ser graves, son pocos—como naufragar o caer de un carruaje; pero es del propio hombre de donde proviene el peligro cotidiano para el hombre. Prepárate contra eso; obsérvalo con atención. No hay mal más frecuente, más persistente ni más insidioso. 2. Incluso la tormenta, antes de formarse, da señales; las casas crujen antes de derrumbarse; y el humo precede al fuego. Pero el daño causado por el hombre es instantáneo, y cuanto más cerca está, con mayor cuidado se oculta.
Te equivocas al confiar en los rostros de quienes encuentras. Tienen aspecto de hombres, pero el alma de bestias; la diferencia es que solo las bestias te dañan en el primer encuentro; a quienes dejan atrás, no los persiguen. Pues nada las impulsa a hacer daño salvo la necesidad: es el hambre o el miedo lo que las obliga a luchar. Pero el hombre se deleita en arruinar al hombre.
3. Sin embargo, debes reflexionar sobre el peligro que corres a manos del hombre, para que puedas deducir cuál es el deber del hombre. Procura, en tu trato con los demás, no dañar, para que no seas dañado. Debes alegrarte con todos en sus alegrías y compadecerte en sus penas, recordando lo que debes ofrecer y lo que debes reservarte. 4. ¿Y qué puedes lograr viviendo así? No necesariamente quedar libre de daño por parte de los demás, pero al menos sí libre de engaño. Sin embargo, en la medida de lo posible, refúgiate en la filosofía: ella te acogerá en su seno, y en su santuario estarás seguro, o al menos más seguro que antes. Las personas solo chocan cuando transitan el mismo camino. 5. Pero esa misma filosofía nunca debe ser motivo de jactancia para ti; pues la filosofía, cuando se emplea con insolencia y arrogancia, ha sido peligrosa para muchos. Que ella te despoje de tus defectos, en vez de ayudarte a censurar los defectos ajenos. Que no se aparte de las costumbres humanas, ni haga de su tarea condenar todo lo que ella misma no practica. Un hombre puede ser sabio sin ostentación y sin despertar enemistad. Adiós.



