Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 105: Sobre afrontar el mundo con confianza
Capítulo 105 de 124 · 3 min de lectura
1. Ahora te diré ciertas cosas a las que debes prestar atención para vivir con mayor seguridad. Sin embargo, tú —tal es mi consejo— escucha mis preceptos como si te aconsejara cuidar tu salud en tu casa de campo en Ardea.
Reflexiona sobre las cosas que incitan al hombre a destruir al hombre: encontrarás que son la esperanza, la envidia, el odio, el miedo y el desprecio. 2. Ahora bien, de todas ellas, el desprecio es la menos dañina, tanto que muchos se han refugiado en ella como en una especie de remedio. Cuando un hombre te desprecia, ciertamente te causa un daño, pero sigue su camino; y nadie persiste ni se propone hacer daño a quien desprecia. Incluso en la batalla, los soldados caídos son ignorados: los hombres luchan contra quienes se mantienen firmes. 3. Y puedes evitar las envidiosas esperanzas de los malvados mientras no poseas nada que despierte los malos deseos de otros, y mientras no tengas nada extraordinario. Pues la gente codicia incluso cosas pequeñas, si llaman la atención o son poco comunes.
Escaparás de la envidia si no te expones al público, si no presumes de tus posesiones, si sabes disfrutar de las cosas en privado. El odio proviene de chocar con otros: y esto puede evitarse no provocando a nadie; o bien surge sin motivo: y el sentido común te mantendrá a salvo de ello. Sin embargo, ha sido peligroso para muchos; algunas personas han sido odiadas sin haber tenido un enemigo. 4. En cuanto a no ser temido, una fortuna moderada y un carácter afable te lo garantizarán; los hombres deben saber que eres de aquellos a quienes se puede ofender sin peligro; y tu reconciliación debe ser fácil y segura. Además, es tan problemático ser temido en casa como en el extranjero; es tan malo ser temido por un esclavo como por un caballero. Pues todos tienen fuerza suficiente para hacerte algún daño. Además, quien es temido, también teme; nadie ha logrado infundir terror y vivir en paz consigo mismo.
5. Queda por tratar el desprecio. Quien ha hecho de esta cualidad un complemento de su propia personalidad, quien es despreciado porque desea serlo y no porque deba serlo, tiene el control sobre la medida del desprecio. Cualquier inconveniente en este sentido puede disiparse mediante ocupaciones honorables y amistades con hombres que tengan influencia ante una persona influyente; con estos hombres te convendrá relacionarte, pero no comprometerte demasiado, para que el remedio no te cueste más que el riesgo. 6. Sin embargo, nada te ayudará tanto como guardar silencio: hablar muy poco con los demás, y tanto como sea posible contigo mismo. Pues hay cierto encanto en la conversación, algo muy sutil y persuasivo, que, como la embriaguez o el amor, nos arranca secretos. Nadie guarda para sí lo que oye. Nadie cuenta a otro solo lo que ha escuchado. Y quien relata historias, también menciona nombres. Todos tienen a alguien en quien confían exactamente lo que les ha sido confiado. Aunque controle su propia locuacidad y se conforme con un solo oyente, atraerá a una multitud, si aquello que era un secreto poco antes se convierte en tema de conversación general.
7. La contribución más importante para la tranquilidad del alma es no hacer el mal jamás. Quienes carecen de dominio propio llevan vidas agitadas y tumultuosas; sus crímenes se equilibran con sus temores, y nunca están tranquilos. Pues tiemblan después del acto, y se sienten avergonzados; sus conciencias no les permiten ocuparse en otros asuntos, y continuamente los obligan a dar una respuesta. Quien espera un castigo, lo recibe, pero quien lo merece, lo espera. 8. Donde hay una mala conciencia, algo puede traer seguridad, pero nada puede traer tranquilidad; pues el hombre imagina que, aunque no esté arrestado, pronto puede serlo. Su sueño es inquieto; cuando habla del crimen de otro, reflexiona sobre el suyo propio, que le parece no suficientemente borrado, no suficientemente oculto. Un malhechor a veces tiene la suerte de pasar desapercibido, pero nunca la seguridad de ello. Adiós.



