Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 111: Sobre la vanidad de la gimnasia mental

Capítulo 111 de 124 · 2 min de lectura

1. Me has pedido que te dé una palabra latina para el término griego sophismata. Muchos han intentado definir el término, pero ningún nombre ha perdurado. Esto es natural, ya que la cosa misma no ha sido admitida en nuestro uso general; el nombre, además, también ha encontrado oposición. Pero la palabra que usó Cicerón me parece la más adecuada: él las llama cavillationes. 2. Si un hombre se entrega a ellas, teje muchas sutilezas engañosas, pero no avanza en la vida real; no se vuelve por ello más valiente, ni más moderado, ni más elevado de espíritu.

Sin embargo, aquel que ha practicado la filosofía para curarse a sí mismo, se vuelve magnánimo, lleno de confianza, invencible y más grande cuanto más te acercas a él. 3. Este fenómeno se observa en las altas montañas, que parecen menos elevadas cuando se contemplan desde lejos, pero que demuestran claramente cuán altos son sus picos cuando te aproximas a ellas; así es, mi querido Lucilio, nuestro verdadero filósofo, verdadero por sus actos y no por sus artificios. Se encuentra en un lugar elevado, digno de admiración, altivo y realmente grande. No se estira ni camina de puntillas como aquellos que buscan aumentar su estatura con engaños, deseando parecer más altos de lo que realmente son; él se conforma con su propia grandeza. 4. ¿Y por qué no habría de estar satisfecho quien ha crecido hasta tal altura que la Fortuna no puede alcanzarlo con sus manos? Por lo tanto, está por encima de las cosas terrenales, es igual a sí mismo en todas las circunstancias, ya sea que la corriente de la vida fluya libremente, o que sea sacudido y navegue en mares turbulentos y desesperados; pero esta firmeza no puede obtenerse mediante esas sutilezas que acabo de mencionar. La mente juega con ellas, pero no obtiene ningún provecho; en tales casos, la mente simplemente arrastra la filosofía desde sus alturas hasta el suelo.

5. No te prohibiría que practiques tales ejercicios de vez en cuando; pero hazlo en momentos en que no desees hacer nada. Sin embargo, la peor característica que presentan estos entretenimientos es que adquieren una especie de encanto propio, ocupando y reteniendo el alma con una apariencia de sutileza; aunque asuntos tan importantes reclaman nuestra atención, y toda una vida parece apenas suficiente para aprender el solo principio de despreciar la vida. "¿Cómo? ¿No querías decir 'dominar' en vez de 'despreciar'?" No; "dominar" es la segunda tarea; pues nadie ha dominado su vida correctamente si antes no ha aprendido a despreciarla. Adiós.