Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 2: Sobre la dispersión en la lectura

Capítulo 2 de 124 · 1 min de lectura

1. Por lo que me escribes y por lo que oigo, estoy formando una buena opinión respecto a tu porvenir. No corres de un lado a otro ni te distraes cambiando de residencia; pues tal inconstancia es señal de un espíritu desordenado. El primer indicio, a mi parecer, de una mente bien ordenada es la capacidad de un hombre para permanecer en un solo lugar y disfrutar de su propia compañía.

Por lo tanto, ya que no puedes leer todos los libros que puedas poseer, basta con poseer solo tantos como puedas leer. 4. “Pero”, me respondes, “quiero hojear primero un libro y luego otro.” Te digo que es señal de un apetito demasiado exigente juguetear con muchos platillos; pues cuando son numerosos y variados, empalagan pero no nutren. Así que siempre debes leer a los autores consagrados; y cuando desees un cambio, vuelve a aquellos que ya has leído antes. Cada día adquiere algo que te fortalezca contra la pobreza, contra la muerte, y también contra otras desgracias; y después de repasar muchas ideas, elige una para asimilarla plenamente ese día. 5. Esta es mi propia costumbre; de las muchas cosas que he leído, reclamo alguna parte para mí.

El pensamiento de hoy es uno que descubrí en Epicuro; pues suelo cruzar incluso al campamento enemigo, no como desertor, sino como explorador. 6. Él dice: “La pobreza aceptada con satisfacción es un estado honorable.” En verdad, si se acepta con satisfacción, no es pobreza en absoluto. No es pobre el hombre que tiene poco, sino el que desea más. ¿Qué importa cuánto haya guardado un hombre en su caja fuerte, o en su almacén, cuán grandes sean sus rebaños o cuán jugosos sus dividendos, si codicia la propiedad de su vecino y no cuenta sus ganancias pasadas, sino sus esperanzas de ganancias futuras? ¿Preguntas cuál es el límite adecuado de la riqueza? Primero, tener lo necesario, y segundo, tener lo suficiente. Adiós.