Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 20: Sobre practicar lo que se predica

Capítulo 20 de 124 · 3 min de lectura

1. Si gozas de buena salud y te consideras digno, al fin, de convertirte en tu propio dueño, me alegro. Pues el mérito será mío si logro sacarte de las aguas turbulentas en las que te debates sin esperanza de salir. Sin embargo, querido Lucilio, te pido y ruego de tu parte que dejes que la sabiduría penetre en tu alma, y que pongas a prueba tu progreso, no solo por tus palabras o escritos, sino por la firmeza de tu corazón y la disminución de tus deseos. Demuestra tus palabras con tus hechos.

2. Muy distinto es el propósito de quienes pronuncian discursos y buscan ganarse la aprobación de una multitud de oyentes, muy distinto el de aquellos que atraen los oídos de jóvenes y ociosos con argumentaciones variadas o elocuentes; la filosofía nos enseña a actuar, no a hablar; exige de cada hombre que viva según sus propios principios, que su vida no esté en desacuerdo con sus palabras, y, además, que su vida interior sea de un solo color y no esté en discordancia con todas sus actividades. Esto, digo, es el más alto deber y la mayor prueba de sabiduría: que la acción y la palabra estén en armonía, que el hombre sea igual a sí mismo en todas las circunstancias y siempre el mismo.

—Pero—, respondes, —¿quién puede mantener ese estándar?— Muy pocos, sin duda; pero hay algunos. En verdad, es una tarea difícil, y no digo que el filósofo siempre pueda mantener el mismo ritmo. Pero sí puede recorrer siempre el mismo camino. 3. Obsérvate, entonces, y ve si tu vestimenta y tu casa son inconsistentes, si te tratas con derroche y a tu familia con mezquindad, si cenas frugalmente pero construyes casas lujosas. Debes aferrarte, de una vez por todas, a una sola norma para vivir, y regular toda tu vida según esa norma. Algunos hombres se limitan en casa, pero se pavonean con arrogancia en público; tal discordancia es una falta, y muestra una mente vacilante que aún no puede mantener el equilibrio.

4. Y puedo decirte, además, de dónde surgen esa inestabilidad y esa falta de acuerdo entre acción y propósito; es porque nadie decide firmemente lo que desea, y, aun si lo hace, no persevera, sino que se desvía; no solo cambia, sino que vuelve atrás y recae en la conducta que había abandonado y rechazado.

5. Por lo tanto, dejando de lado las antiguas definiciones de sabiduría e incluyendo toda la manera de vivir humana, puedo conformarme con la siguiente: “¿Qué es la sabiduría? Desear siempre las mismas cosas y rechazar siempre las mismas cosas.” Puedes excusarte de añadir la pequeña condición de que lo que desees sea correcto; ya que nadie puede estar siempre satisfecho con lo mismo, a menos que sea correcto.

6. Por esta razón, los hombres no saben lo que desean, salvo en el momento mismo de desearlo; nadie ha decidido de una vez por todas desear o rechazar algo. El juicio varía de día en día, y cambia a lo opuesto, haciendo que muchos pasen su vida en una especie de juego. Prosigue, entonces, como has comenzado; tal vez llegues a la perfección, o a un punto que solo tú comprendas que aún está por debajo de la perfección.

7. —¿Pero qué—, dices, —será de mi numerosa casa sin ingresos domésticos?— Si dejas de mantener a esa multitud, ella se mantendrá sola; o quizás aprendas, por la generosidad de la pobreza, lo que no puedes aprender por tu propia generosidad. La pobreza conservará para ti a tus amigos verdaderos y probados; te librarás de aquellos que no te buscaban por ti mismo, sino por algo que posees. ¿No es cierto, sin embargo, que deberías amar la pobreza, aunque solo fuera por esta única razón: que te mostrará quiénes te aman realmente? ¡Oh, cuándo llegará ese tiempo en que nadie te mienta para halagarte! 8. Por lo tanto, que tus pensamientos, tus esfuerzos y tus deseos contribuyan a hacerte sentir satisfecho contigo mismo y con los bienes que surgen de ti; y encomienda todas tus demás plegarias al cuidado de Dios. ¿Qué felicidad podría estar más cerca de ti? Desciende a condiciones humildes, de las que no puedas ser expulsado; y para que lo hagas con mayor prontitud, la aportación contenida en esta carta tratará sobre ese tema; te la concederé de inmediato.