Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 22: Sobre la inutilidad de las medias tintas
Capítulo 22 de 124 · 2 min de lectura
1. Ya comprendes a estas alturas que debes apartarte de esas ocupaciones ostentosas y depravadas; pero aún deseas saber cómo puede lograrse esto. Hay ciertas cosas que solo pueden señalarse estando presente. El médico no puede prescribir por carta el momento adecuado para comer o bañarse; debe tomar el pulso. Hay un viejo adagio sobre los gladiadores: planean su combate en la arena; mientras observan con atención, algo en la mirada del adversario, algún movimiento de su mano, incluso una leve inclinación de su cuerpo, les da una advertencia.
2. Podemos formular reglas generales y consignarlas por escrito, sobre lo que suele hacerse o debería hacerse; tales consejos pueden darse no solo a nuestros amigos ausentes, sino también a las generaciones futuras. Sin embargo, en cuanto a esa segunda cuestión—cuándo o cómo debe llevarse a cabo tu plan—nadie podrá aconsejarte desde lejos; debemos deliberar en presencia de la situación real.
3. Debes estar no solo presente en cuerpo, sino atento en mente, si quieres aprovechar la oportunidad fugaz. Por lo tanto, busca la ocasión; si la ves, aférrate a ella, y con toda tu energía y con todas tus fuerzas dedícate a esta tarea: liberarte de esas obligaciones laborales.
Ahora escucha con atención la opinión que voy a ofrecerte; opino que deberías retirarte de ese tipo de vida, o bien de la vida misma. Pero también sostengo que debes tomar un camino suave, que aflojes el nudo en vez de cortarlo, ese nudo que has atado tan torpemente, siempre que, si no hay otra manera de desatarlo, puedas realmente cortarlo. Ningún hombre es tan pusilánime que prefiera permanecer en suspenso para siempre antes que soltarse de una vez por todas.
4. Mientras tanto—y esto es lo más importante—no te pongas trabas; conténtate con el negocio en el que te has involucrado, o, como prefieres que piensen los demás, en el que has caído. No hay razón para que sigas luchando por algo más; si lo haces, perderás toda excusa, y los hombres verán que no fue una caída accidental. La explicación habitual que dan los hombres es errónea: “Me vi obligado a hacerlo. Supón que fue contra mi voluntad; tuve que hacerlo.” Pero nadie está obligado a buscar la prosperidad a toda velocidad; es algo saber detenerse—aun si uno no ofrece resistencia—en vez de perseguir con ansias la fortuna favorable.
5. ¿Te disgustarás entonces conmigo si no solo vengo a aconsejarte, sino que también llamo a otros para que te aconsejen—personas más sabias que yo, ante quienes suelo plantear cualquier problema que me preocupa? Lee la carta de Epicuro que trata este asunto; está dirigida a Idómeno. El autor le pide que se apresure cuanto pueda, y que se retire antes de que alguna influencia más fuerte se interponga y le quite la libertad de retirarse.
6. Pero también añade que no debe intentarse nada salvo en el momento en que pueda hacerse de manera adecuada y oportuna. Entonces, cuando llegue la ocasión tan largamente buscada, que se levante y actúe. Epicuro nos prohíbe adormecernos cuando meditamos la huida; nos insta a esperar una liberación segura incluso de las pruebas más difíciles, siempre que no tengamos demasiada prisa antes del momento, ni seamos demasiado lentos cuando el momento llega.



