Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 25: Sobre la reforma

Capítulo 25 de 124 · 2 min de lectura

1. Con respecto a estos dos amigos nuestros, debemos proceder de manera diferente: los defectos de uno deben corregirse, los del otro deben ser erradicados por completo. Me tomaré toda la libertad, pues no amo a este si no estoy dispuesto a herir sus sentimientos. "¿Qué?", dices, "¿esperas mantener bajo tu tutela a un pupilo de cuarenta años? ¡Considera su edad, lo endurecido que está ya, y que ha pasado el tiempo de ser moldeado! 2. Un hombre así no puede ser reformado; solo las mentes jóvenes se moldean." No sé si lograré algún progreso; pero prefiero carecer de éxito antes que carecer de fe. No hay que desesperar de curar a los enfermos, aun cuando la enfermedad sea crónica, si uno se mantiene firme contra los excesos y los obliga a hacer y soportar muchas cosas en contra de su voluntad. En cuanto a nuestro otro amigo, tampoco tengo suficiente confianza, salvo por el hecho de que aún conserva suficiente sentido de la vergüenza como para sonrojarse por sus pecados. Esta modestia debe ser fomentada; mientras perdure en su alma, hay alguna esperanza. Pero en cuanto a ese veterano tuyo, creo que debemos tratarlo con mayor cuidado, para que no pierda la esperanza en sí mismo.

3. No hay mejor momento para acercarse a él que ahora, cuando tiene un intervalo de descanso y parece como alguien que ha corregido sus defectos. Otros han sido engañados por este intervalo de virtud de su parte, pero a mí no me engaña. Estoy seguro de que estos defectos volverán, por así decirlo, con intereses acumulados, pues ahora, estoy convencido, solo están en suspenso, no ausentes. Dedicaré algo de tiempo a este asunto y trataré de ver si es posible hacer algo al respecto.

4. Pero tú mismo, como de hecho lo estás haciendo, muéstrame que eres valiente; aligera tu equipaje para la marcha. Ninguna de nuestras posesiones es esencial. Volvamos a la ley de la naturaleza; pues entonces las riquezas estarán reservadas para nosotros. Las cosas que realmente necesitamos son gratuitas para todos, o bien baratas; la naturaleza solo desea pan y agua. Nadie es pobre según este estándar; cuando un hombre ha limitado sus deseos dentro de estos límites, puede desafiar la felicidad del mismo Júpiter, como dice Epicuro. Debo incluir en esta carta una o dos de sus frases: 5. "Haz todo como si Epicuro te estuviera observando." No cabe duda de que es bueno tener un guardián designado sobre uno mismo, y tener a alguien a quien admirar, alguien a quien puedas considerar testigo de tus pensamientos. En verdad, es mucho más noble vivir como si vivieras bajo la mirada de algún hombre bueno, siempre a tu lado; pero, aun así, me conformo con que actúes, en todo lo que hagas, como si cualquiera te estuviera observando; porque la soledad nos incita a todo tipo de males. 6. Y cuando hayas avanzado tanto que también te respetes a ti mismo, podrás despedir a tu acompañante; pero hasta entonces, pon como guardián sobre ti la autoridad de algún hombre, ya sea tu elección el gran Catón, o Escipión, o Lelio, o cualquier hombre ante cuya presencia incluso los más depravados refrenarían sus malos impulsos. Mientras tanto, te ocupas en hacer de ti mismo el tipo de persona en cuya compañía no te atreverías a pecar. Cuando hayas logrado esto y comiences a tenerte en alguna estima, poco a poco te permitiré hacer lo que Epicuro, en otro pasaje, sugiere: "El momento en que más debes recogerte en ti mismo es cuando te ves obligado a estar entre la multitud."