Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 34: Sobre un discípulo prometedor
Capítulo 34 de 124 · 1 min de lectura
1. Mi espíritu se eleva, salto de alegría y sacudo mis años, y mi sangre vuelve a calentarse, cada vez que comprendo, por tus acciones y tus cartas, hasta qué punto te has superado a ti mismo; porque al hombre común lo dejaste atrás hace ya mucho tiempo. Si el agricultor se complace cuando su árbol crece hasta dar fruto, si el pastor se alegra por el aumento de sus rebaños, si todo hombre ve en su discípulo como si percibiera en él su propia juventud, ¿qué crees entonces que sienten aquellos que han formado una mente y modelado una idea joven, cuando la ven de pronto llegar a la madurez?
2. Te reclamo para mí; eres obra mía. Cuando vi tus capacidades, puse mi mano sobre ti, te exhorté, te impulsé y no te permití avanzar con pereza, sino que te estimulé constantemente. Y ahora hago lo mismo; pero esta vez animo a alguien que ya está en la carrera y que, a su vez, me anima a mí.
3. "¿Qué más quieres de mí, entonces?", preguntas; "la voluntad sigue siendo mía". Bien, la voluntad en este caso lo es casi todo, y no solo la mitad, como dice el proverbio: "Empezada la tarea, está medio hecha". Es más que la mitad, porque el asunto del que hablamos depende del alma. Por eso, la mayor parte de la bondad es la voluntad de ser bueno. ¿Sabes a qué me refiero con un hombre bueno? A aquel que es completo, acabado, a quien ninguna coacción o necesidad puede volver malo.



