Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 37: Sobre la lealtad a la virtud

Capítulo 37 de 124 · 2 min de lectura

1. Has prometido ser un hombre de bien; te has alistado bajo juramento; esa es la cadena más fuerte que te mantendrá en el buen juicio. Cualquiera se burlaría de ti si dijera que esto es una especie de milicia afeminada y fácil. No quiero que te engañes. Las palabras de este pacto tan honorable son las mismas que las de aquel más vergonzoso, a saber: “Por el fuego, la prisión o la muerte a espada.” 2. A los hombres que venden su fuerza para la arena, que comen y beben lo que deben pagar con su sangre, se les exige la seguridad de que soportarán tales pruebas aunque no lo deseen; de ti, que las soportarás de buena gana y con entusiasmo. El gladiador puede bajar su arma y poner a prueba la piedad del pueblo; pero tú no bajarás tu arma ni suplicarás por tu vida. Debes morir erguido e inflexible. Además, ¿de qué sirve ganar unos pocos días o unos pocos años? No hay licenciamiento para nosotros desde el momento en que nacemos.

3. “¿Entonces cómo puedo liberarme?”, preguntas. No puedes escapar de las necesidades, pero puedes vencerlas.

Por la fuerza se abre camino.

Y este camino te lo proporcionará la filosofía. Acude, pues, a la filosofía si quieres estar seguro, tranquilo, feliz, en suma, si deseas ser —y eso es lo más importante— libre. No hay otro camino para alcanzar este fin. 4. La necedad es baja, abyecta, vil, servil y está expuesta a muchas de las pasiones más crueles. Estas pasiones, que son duros amos, a veces gobiernan por turnos y a veces juntas, pueden ser desterradas de ti por la sabiduría, que es la única libertad verdadera. Solo hay un camino que conduce allí, y es un camino recto; no te desviarás. Avanza con paso firme, y si quieres tener todo bajo tu control, ponte bajo el dominio de la razón; si la razón se convierte en tu gobernante, tú gobernarás sobre muchos. Ella te enseñará qué debes emprender y cómo debe hacerse; no tropezarás en las cosas. 5. No puedes mostrarme a ningún hombre que sepa cómo comenzó a desear aquello que desea. No ha llegado a ese punto por previsión; ha sido arrastrado por el impulso. La fortuna nos ataca tantas veces como nosotros atacamos a la fortuna. Es vergonzoso, en vez de avanzar, dejarse arrastrar, y luego, de repente, en medio del torbellino de los acontecimientos, preguntarse aturdido: “¿Cómo llegué a esta situación?” Adiós.