Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 39: Sobre las nobles aspiraciones
Capítulo 39 de 124 · 2 min de lectura
1. Sin duda, dispondré para ti, con esmero y brevedad, las notas que me solicitas. Pero considera si no podrías obtener mayor provecho del método habitual que de lo que ahora suele llamarse un “breviario”, aunque en los buenos tiempos, cuando se hablaba un latín auténtico, se le llamaba “sumario”. El primero es más necesario para quien está aprendiendo una materia, el segundo para quien ya la conoce. Porque uno enseña, el otro despierta la memoria. Pero te ofreceré abundantes oportunidades para ambos. Un hombre como tú no debería pedirme la autoridad de este o aquel; quien aporta un aval para sus afirmaciones demuestra que no es conocido. 2. Por tanto, escribiré exactamente lo que deseas, pero lo haré a mi manera; hasta entonces, tienes muchos autores cuyas obras, presumiblemente, mantendrán tus ideas suficientemente ordenadas. Toma la lista de los filósofos; ese simple acto te obligará a despertar, al ver cuántos hombres han trabajado para tu beneficio. Tú mismo desearás con ansias ser uno de ellos. Pues esta es la cualidad más excelente que posee el alma noble: puede ser impulsada hacia cosas honorables.
Ningún hombre de dones elevados se complace con lo bajo y mezquino; la visión de grandes logros lo llama y lo eleva. 3. Así como la llama se eleva recta hacia el aire y no puede ser contenida ni reprimida, tanto como tampoco puede reposar en quietud, así nuestra alma está siempre en movimiento, y cuanto más ardiente es, mayor es su movimiento y actividad. ¡Pero dichoso el hombre que le ha dado este impulso hacia cosas mejores! Se situará más allá del dominio del azar; controlará sabiamente la prosperidad; disminuirá la adversidad y despreciará aquello que otros admiran. 4. Es propio de un alma grande despreciar las cosas grandiosas y preferir lo ordinario antes que lo excesivo. Porque una condición es útil y da vida; la otra, por ser excesiva, causa daño. De igual modo, un suelo demasiado fértil hace que el grano se doble, las ramas se quiebran bajo una carga demasiado pesada, la excesiva productividad no permite que el fruto madure. Así sucede también con el alma; pues se arruina por una prosperidad descontrolada, que se usa no solo en perjuicio de otros, sino también en perjuicio propio. 5. ¿Qué enemigo ha sido jamás tan insolente con un adversario como lo son los placeres para ciertos hombres? La única excusa que podemos conceder a la incontinencia y la loca lujuria de estos hombres es el hecho de que sufren los males que han infligido a otros. Y justamente son acosados por esta locura, porque el deseo necesita un espacio ilimitado para sus excursiones, si transgrede el justo medio de la naturaleza. Pues este tiene sus límites, pero la desmesura y los actos que surgen de la lujuria voluntaria no los tienen. 6. La utilidad mide nuestras necesidades; pero ¿con qué criterio puedes contener lo superfluo? Por eso los hombres se hunden en los placeres, y no pueden prescindir de ellos una vez que se han acostumbrado, y por eso son tan desdichados, porque han llegado al punto en que lo que antes era superfluo se ha vuelto indispensable. Así, son esclavos de sus placeres en vez de disfrutarlos; incluso aman sus propios males, ¡y ese es el peor de todos! Entonces se alcanza el colmo de la infelicidad, cuando los hombres no solo se sienten atraídos, sino incluso complacidos, por cosas vergonzosas, y ya no queda espacio para una cura, ahora que lo que antes eran vicios se ha convertido en costumbre. Adiós.



