Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 40: Sobre el estilo apropiado para el discurso del filósofo
Capítulo 40 de 124 · 4 min de lectura
1. Te agradezco que me escribas con tanta frecuencia; pues de ese modo me revelas tu verdadero ser de la única manera posible. Nunca recibo una carta tuya sin que, de inmediato, sienta tu compañía. Si los retratos de nuestros amigos ausentes nos resultan agradables, aunque solo refrescan la memoria y alivian nuestro anhelo con un consuelo irreal e insustancial, ¡cuánto más placentera es una carta, que nos trae huellas reales, pruebas auténticas, de un amigo ausente! Porque lo más dulce del encuentro cara a cara nos lo brinda la impronta de la mano del amigo en su carta: el reconocimiento.
2. Me escribes que escuchaste una conferencia del filósofo Serapión, cuando desembarcó en el lugar donde ahora resides. “Suele”, dices, “arrancar sus palabras con ímpetu, y no las deja fluir una a una, sino que las hace atropellarse y chocar entre sí. Tal es la cantidad de palabras que una sola voz no basta para pronunciarlas.” No apruebo esto en un filósofo; su discurso, como su vida, debe ser mesurado; y nada que se precipite y se apresure está bien ordenado. Por eso, en Homero, el estilo rápido, que se abalanza sin pausa como una ventisca de nieve, se asigna al orador joven; del anciano, la elocuencia fluye suavemente, más dulce que la miel.
3. Por lo tanto, atiende a mis palabras: ese modo enérgico de hablar, rápido y abundante, conviene más a un charlatán que a quien discute y enseña un tema importante y serio. Pero me opongo con igual fuerza a que deje caer sus palabras con lentitud extrema, como a que las lance a toda velocidad; no debe mantener el oído en tensión, ni ensordecerlo. Porque ese estilo pobre y deshilachado también hace que la audiencia preste menos atención, cansada de su tartamudeante lentitud; sin embargo, la palabra largamente esperada penetra más fácilmente que la que pasa volando ante nosotros. Por último, se habla de “transmitir” preceptos a los discípulos; pero no se “transmite” aquello que se escapa de las manos.
4. Además, el discurso que trata sobre la verdad debe ser sencillo y claro. Este estilo popular nada tiene que ver con la verdad; su objetivo es impresionar a la multitud, seducir oídos desprevenidos con su rapidez; no se ofrece a la discusión, sino que se sustrae de ella. Pero ¿cómo puede gobernar a otros un discurso que no puede gobernarse a sí mismo? ¿No puedo añadir también que todo discurso destinado a sanar nuestras mentes debe penetrar en nosotros? Los remedios no surten efecto si no permanecen en el organismo.
5. Además, este tipo de discurso contiene mucho vacío; tiene más sonido que fuerza. Mis temores deberían ser apaciguados, mis irritaciones calmadas, mis ilusiones disipadas, mis indulgencias refrenadas, mi codicia reprendida. ¿Y cuál de estos remedios puede lograrse con prisas? ¿Qué médico puede curar a su paciente en una visita fugaz? ¿Puedo añadir que tal jerga de palabras confusas y mal escogidas tampoco puede proporcionar placer?
6. No; así como en la mayoría de los casos te basta con haber descubierto trucos que no creías posibles, así también, en el caso de estos gimnastas de la palabra, basta con haberlos escuchado una vez. ¿Qué puede desear uno aprender o imitar de ellos? ¿Qué pensar de sus almas, cuando su discurso se lanza al ataque en total desorden y no puede ser contenido? 7. Así como, cuando corres cuesta abajo, no puedes detenerte en el punto que habías decidido, sino que tus pasos son arrastrados por el impulso del cuerpo y te llevan más allá de donde querías parar; así esta rapidez del discurso no tiene control sobre sí misma, ni es apropiada para la filosofía; pues la filosofía debe colocar cuidadosamente sus palabras, no arrojarlas, y avanzar paso a paso.
8. “¿Qué, entonces?”, dirás; “¿no debe la filosofía adoptar a veces un tono más elevado?” Por supuesto que sí; pero debe conservar la dignidad del carácter, y esta se pierde con una fuerza tan violenta y excesiva. Que la filosofía posea grandes fuerzas, pero bien controladas; que su corriente fluya sin cesar, pero que nunca se convierta en un torrente. Y difícilmente permitiría incluso a un orador una rapidez de palabra como esta, que no puede ser contenida, que avanza sin ley; ¿cómo podrían seguirla los jueces, que a menudo son inexpertos y poco entrenados? Incluso cuando el orador se deja llevar por el deseo de exhibir sus habilidades, o por una emoción incontenible, aun entonces no debe acelerar su ritmo ni amontonar palabras más allá de lo que el oído puede soportar.
9. Obrarás correctamente, por tanto, si no consideras a aquellos hombres que buscan cuánto pueden decir, en vez de cómo deben decirlo, y si, en caso de tener que elegir, prefieres hablar como lo hace Publio Vinicio el tartamudo. Cuando a Aselio le preguntaron cómo hablaba Vinicio, respondió: “¡Pausadamente!” (Por cierto, fue un comentario de Gémino Vario: “No veo cómo puedes llamar ‘elocuente’ a ese hombre; ni siquiera puede decir tres palabras seguidas”). ¿Por qué, entonces, no habrías de elegir hablar como Vinicio? 10. Aunque, por supuesto, puede cruzarse en tu camino algún bromista, como aquel que dijo, cuando Vinicio arrastraba las palabras una a una, como si dictara y no hablara: “Dime, ¿no tienes nada que decir?” Y, sin embargo, esa sería la mejor elección, pues la rapidez de Quinto Haterio, el orador más famoso de su época, en mi opinión, debe ser evitada por el hombre sensato. Haterio nunca dudaba, nunca se detenía; solo tenía un inicio y un final.



