Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 56: Sobre la tranquilidad y el estudio

Capítulo 56 de 124 · 4 min de lectura

¡Por mi vida que no creo que haya nada más necesario que el silencio para quien se aísla con el fin de estudiar! ¡Imagina la variedad de ruidos que resuenan en mis oídos! Tengo alojamiento justo encima de un establecimiento de baños. Así que imagina la variedad de sonidos, lo bastante fuertes como para hacerme odiar mi propia capacidad de oír. Cuando, por ejemplo, algún hombre vigoroso se ejercita blandiendo pesas de plomo; cuando trabaja duro, o al menos finge hacerlo, puedo oírlo gruñir; y cada vez que libera el aliento contenido, lo escucho jadear con tonos sibilantes y agudos. O tal vez noto a algún holgazán, conforme con un masaje barato, y oigo el chasquido de la mano golpeando su hombro, variando el sonido según la mano caiga plana o hueca. Luego, quizá, aparece un profesional, gritando el marcador; ese es el colmo.

A esto añade el arresto ocasional de algún juerguista o carterista, el alboroto del hombre que siempre disfruta de oír su propia voz en el baño, o el entusiasta que se lanza al estanque con un ruido y chapoteo desmedidos. Además de todos aquellos cuya voz, si no otra cosa, es notable, imagina al depilador con su voz penetrante y aguda —para anunciarse—, que no deja de gritar salvo cuando está depilando las axilas y hace que su víctima grite en su lugar. Luego el vendedor de pasteles con sus variados pregones, el de salchichas, el confitero y todos los vendedores de comida anunciando sus productos, cada uno con su entonación característica.

Así que dirás: "¡Qué nervios de hierro o qué oídos insensibles debes tener, si tu mente puede resistir entre tantos ruidos, tan variados y discordantes, cuando nuestro amigo Crisipo fue llevado a la muerte por los continuos saludos matutinos que le dirigían!" Pero te aseguro que este bullicio no significa para mí más que el sonido de las olas o del agua cayendo; aunque me recordarás que cierta tribu una vez trasladó su ciudad simplemente porque no podía soportar el estruendo de una catarata del Nilo.

Las palabras parecen distraerme más que los ruidos; pues las palabras exigen atención, pero los ruidos solo llenan los oídos y golpean en ellos. Entre los sonidos que resuenan a mi alrededor sin distraerme, incluyo los carruajes que pasan, un maquinista en la misma cuadra, un afilador de sierras cercano, o algún tipo que hace demostraciones con flautas y pitos en la Fuente Murmurante, gritando más que cantando.

Además, un ruido intermitente me perturba más que uno constante. Pero a estas alturas ya he endurecido mis nervios contra todo eso, de modo que puedo soportar incluso a un contramaestre marcando el ritmo con tonos agudos para su tripulación. Porque obligo a mi mente a concentrarse y evito que divague hacia cosas externas; todo el exterior puede ser un manicomio, siempre que no haya disturbio en el interior, siempre que el miedo no esté peleando con el deseo en mi pecho, siempre que la mezquindad y la prodigalidad no estén en conflicto, acosándose mutuamente. ¿De qué sirve un vecindario tranquilo, si nuestras emociones están en tumulto?

Era de noche, y todo el mundo estaba sumido en el descanso.

Esto no es cierto; pues no puede hallarse verdadero descanso cuando la razón no ha sido quien lo ha inducido. La noche saca a la luz nuestras preocupaciones, en vez de ahuyentarlas; solo cambia la forma de nuestras inquietudes. Incluso cuando buscamos el sueño, nuestros momentos de insomnio son tan agobiantes como el día. La verdadera tranquilidad es el estado al que llega una mente no corrompida cuando se relaja. Piensa en el desdichado que busca el sueño entregando su espaciosa mansión al silencio, que, para que ningún sonido perturbe su oído, ordena a toda su servidumbre guardar silencio y que quien se le acerque camine de puntillas; ¡da vueltas de un lado a otro y busca un sueño intermitente en medio de sus desvelos!

Se queja de haber oído ruidos, cuando en realidad no los ha oído. ¿La razón, preguntas? Su alma está en tumulto; debe ser calmada y su murmullo rebelde, sofocado. No debes suponer que el alma está en paz cuando el cuerpo está quieto. A veces, la quietud significa inquietud.

Por tanto, debemos impulsarnos a la acción y ocuparnos en intereses nobles, siempre que nos domine una pereza incontrolable. Los grandes generales, cuando ven que sus hombres están amotinados, los controlan con algún tipo de trabajo o los mantienen ocupados con pequeñas incursiones. El hombre muy ocupado no tiene tiempo para la disipación, y es un lugar común evidente que los males del ocio pueden disiparse con trabajo arduo. Aunque muchos hayan pensado que busqué el retiro porque estaba disgustado con la política y lamentaba mi posición desdichada e ingrata, sin embargo, en el retiro al que me han llevado el temor y el cansancio, mi ambición a veces renace. Pues no es que mi ambición haya sido arrancada de raíz y por eso haya disminuido, sino que estaba cansada o quizá incluso irritada por el fracaso de sus planes.

Y lo mismo ocurre con el lujo, que a veces parece haberse ido, y luego, cuando hemos hecho profesión de frugalidad, comienza a inquietarnos y, en medio de nuestras economías, busca los placeres que solo hemos dejado, pero no condenado. De hecho, cuanto más sigilosamente se presenta, mayor es su fuerza. Pues todos los vicios manifiestos son menos graves; una enfermedad también está más cerca de curarse cuando se manifiesta abiertamente y muestra su poder. Así ocurre con la avaricia, la ambición y los demás males de la mente: puedes estar seguro de que hacen más daño cuando se ocultan tras una apariencia de salud.