Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 57: Sobre las dificultades del viaje

Capítulo 57 de 124 · 1 min de lectura

1. Cuando llegó el momento de regresar de Baiae a Nápoles, me convencí fácilmente de que había una tormenta, para así evitar otro viaje por mar; y, sin embargo, el camino estaba tan cubierto de lodo, de principio a fin, que bien podría pensarse que también hice una travesía. Ese día tuve que soportar la suerte completa de un atleta; la unción con la que comenzamos fue seguida por la rociada de arena en el túnel de Nápoles.

2. Ningún lugar podría ser más largo que esa prisión; nada podría ser más tenue que esas antorchas, que nos permitían no ver en medio de la oscuridad, sino ver la oscuridad misma. Pero, aun suponiendo que hubiera luz en ese lugar, el polvo, que ya es algo opresivo y desagradable incluso al aire libre, destruiría la luz; ¡cuánto peor es el polvo allí, donde se arremolina sobre sí mismo y, al estar encerrado sin ventilación, regresa en la cara de quienes lo levantan! Así, soportamos dos incomodidades al mismo tiempo, y eran diametralmente opuestas: luchamos tanto con el lodo como con el polvo en el mismo camino y en el mismo día.

3. Sin embargo, esa penumbra me proporcionó materia para la reflexión; sentí cierta conmoción mental y una transformación sin temor, debida a la novedad y al desagrado de una experiencia inusual. Por supuesto, no te hablo de mí en este punto, porque estoy lejos de ser una persona perfecta, o siquiera un hombre de cualidades medianas; me refiero a aquel sobre quien la fortuna ha perdido su control. Incluso la mente de tal hombre se verá sacudida por una conmoción y cambiará de color.