Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 65: Sobre la causa primera
Capítulo 65 de 124 · 3 min de lectura
1. Ayer compartí mi tiempo con la enfermedad; ella reclamó para sí todo el periodo antes del mediodía; sin embargo, por la tarde me cedió el turno. Así que primero puse a prueba mi ánimo leyendo; luego, al ver que la lectura era posible, me atreví a exigirle más a mi espíritu, o quizá debería decir, a concederle más. Escribí un poco, y de hecho con más concentración que de costumbre, pues estoy luchando con un tema difícil y no quiero dejarme vencer. En medio de esto, algunos amigos vinieron a visitarme, con la intención de emplear la fuerza y contenerme, como si fuera un enfermo entregado a algún exceso.
2. Así que la conversación sustituyó a la escritura; y de esa conversación te comunicaré el tema que aún sigue siendo motivo de debate, pues te hemos designado como árbitro. Tienes una tarea más grande de lo que imaginas, porque el argumento es triple.
Nuestros filósofos estoicos, como sabes, declaran que hay dos cosas en el universo que son el origen de todo: a saber, la causa y la materia. La materia yace inerte, una sustancia lista para cualquier uso, pero que seguramente permanecerá sin empleo si nadie la pone en movimiento. La causa, sin embargo, por la que entendemos la razón, moldea la materia y la dirige hacia donde quiere, produciendo así diversos resultados concretos. Por consiguiente, en el caso de cada cosa, debe haber aquello de lo que está hecha y, a continuación, un agente por el cual es hecha. Lo primero es su material, lo segundo su causa.
3. Todo arte no es más que imitación de la naturaleza; por lo tanto, permíteme aplicar estas afirmaciones de principios generales a las cosas que deben ser hechas por el hombre. Una estatua, por ejemplo, ha proporcionado materia que debía ser trabajada por manos del artista, y ha tenido un artista que debía dar forma a esa materia. Así, en el caso de la estatua, el material era el bronce, la causa era el artífice. Y así sucede con todas las cosas: consisten en aquello que es hecho y en quien lo hace.
4. Los estoicos creen en una sola causa: el hacedor; pero Aristóteles piensa que la palabra "causa" puede usarse de tres maneras: "La primera causa", dice, "es la materia misma, sin la cual nada puede ser creado. La segunda es el artífice. La tercera es la forma, que se imprime en toda obra, por ejemplo, en una estatua." A esto último Aristóteles lo llama el idos. "Existe también", dice, "una cuarta: el propósito de la obra en su conjunto."
15. Da tu opinión, o, como es más sencillo en casos de esta índole, declara que el asunto no está claro y solicita otra audiencia. Pero me responderás: “¿Qué placer obtienes perdiendo el tiempo en estos problemas, que no te liberan de ninguna de tus emociones ni ahuyentan ninguno de tus deseos?” Por mi parte, los trato y discuto como asuntos que contribuyen en gran medida a calmar el espíritu, y primero me examino a mí mismo y luego al mundo que me rodea.
16. Y ni siquiera ahora, como piensas, estoy perdiendo el tiempo. Todas estas cuestiones, siempre que no se fragmenten ni se desgarren en refinamientos tan poco provechosos, elevan y alivian el alma, que está oprimida por una pesada carga y desea ser liberada y regresar a los elementos de los que alguna vez formó parte. Porque este cuerpo nuestro es un peso para el alma y su penitencia; a medida que la carga la oprime, el alma se ve aplastada y encadenada, a menos que la filosofía acuda en su ayuda y le ordene cobrar nuevo ánimo contemplando el universo, y la aparte de las cosas terrenales hacia las divinas. Allí encuentra su libertad, allí puede vagar; mientras tanto, escapa de la prisión en la que está atada y renueva su vida en el cielo.
17. Así como los artesanos expertos, que han estado trabajando en una pieza delicada que fatiga sus ojos por el esfuerzo, si la luz de la que disponen es escasa o incierta, salen al aire libre y en algún parque destinado al esparcimiento del pueblo deleitan sus ojos con la generosa luz del día; así también el alma, prisionera como ha estado en esta casa sombría y oscura, busca el cielo abierto siempre que puede, y en la contemplación del universo halla descanso.



