Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 77: Sobre quitarse la vida
Capítulo 77 de 124 · 6 min de lectura
1. Hoy, de repente, aparecieron ante nosotros los barcos “Alejandrinos”, es decir, aquellos que suelen enviarse por delante para anunciar la llegada de la flota; se les llama “barcos correo”. Los campanos se alegran al verlos; toda la multitud de Puteoli se reúne en los muelles y puede reconocer los barcos “Alejandrinos”, sin importar cuán grande sea la multitud de embarcaciones, por la forma misma de sus velas. Pues solo ellos pueden mantener desplegadas sus velas superiores, que todos los barcos utilizan cuando están en alta mar,
2. porque nada impulsa tanto a un barco como su vela superior; es ahí donde se obtiene la mayor velocidad. Así que, cuando el viento se vuelve más fuerte y supera lo que resulta cómodo, bajan las vergas; ya que el viento tiene menos fuerza cerca de la superficie del agua. Por lo tanto, cuando han pasado por Capri y el promontorio desde donde
la alta Palas vigila en la cima tempestuosa, a todas las demás embarcaciones se les ordena conformarse con la vela mayor, y la vela superior resalta de manera llamativa en los barcos correo “Alejandrinos”.
3. Mientras todos se agitaban y se apresuraban hacia el muelle, yo sentía un gran placer en mi pereza, porque, aunque pronto iba a recibir cartas de mis amigos, no tenía prisa por saber cómo progresaban mis asuntos en el extranjero, ni qué noticias traían las cartas; desde hace algún tiempo no he tenido ni pérdidas ni ganancias. Incluso si no fuera un hombre viejo, no podría evitar sentir placer por esto; pero siendo así, mi satisfacción es mucho mayor. Porque, por pequeñas que fueran mis posesiones, aún me quedaría más dinero para el viaje que viaje por recorrer, especialmente porque este viaje en el que nos hemos embarcado es uno que no es necesario completar hasta el final. Una expedición quedará incompleta si uno se detiene a mitad de camino, o en cualquier punto antes de su destino; pero la vida no es incompleta si es honorable. En cualquier momento en que dejes de vivir, siempre que lo hagas noblemente, tu vida es un todo. Sin embargo, a menudo es necesario terminar con valentía, y nuestras razones para ello no necesitan ser trascendentales; pues tampoco son trascendentales las razones que nos retienen aquí.
5. Tullius Marcellinus, un hombre a quien conociste muy bien, que en su juventud fue de espíritu tranquilo y envejeció prematuramente, cayó enfermo de un mal que no era en absoluto desesperanzador; pero fue prolongado y molesto, y exigía mucha atención; por eso empezó a pensar en la muerte. Reunió a muchos de sus amigos. Cada uno de ellos le dio un consejo a Marcellinus: el amigo tímido le instaba a hacer lo que ya había decidido; el amigo adulador y zalamero le daba un consejo que suponía sería más grato para Marcellinus cuando reflexionara sobre el asunto; pero nuestro amigo estoico, un hombre excepcional y, para elogiarlo con palabras que merece, un hombre de valor y energía, le amonestó mejor que nadie, a mi parecer. Porque comenzó así: “No te atormentes, mi querido Marcellinus, como si la cuestión que estás sopesando fuera de importancia. No es importante vivir; todos tus esclavos viven, y también todos los animales; pero sí es importante morir con honor, sensatez y valentía. Reflexiona cuánto tiempo llevas haciendo lo mismo: comer, dormir, desear; ese es el ciclo diario. El deseo de morir puede sentirse no solo por el hombre sensato, el valiente o el desdichado, sino incluso por aquel que simplemente está harto.”
7. Marcellinus no necesitaba a alguien que lo instara, sino más bien a alguien que lo ayudara; sus esclavos se negaban a obedecerle. El estoico, entonces, disipó sus temores, mostrándoles que no había peligro alguno para la casa, salvo cuando no era seguro si la muerte del amo era buscada por él mismo o no; además, era tan mala práctica matar a su amo como impedirle por la fuerza que se quitara la vida. 8. Luego sugirió al propio Marcellinus que sería un acto de bondad repartir regalos a quienes lo habían atendido durante toda su vida, una vez que esta concluyera, así como, cuando termina un banquete, la porción restante se reparte entre los sirvientes que rodean la mesa. Marcellinus tenía un carácter dócil y generoso, incluso tratándose de sus propios bienes; así que distribuyó pequeñas sumas entre sus afligidos esclavos, y además los consoló.
9. No necesitó espada ni derramamiento de sangre; ayunó durante tres días y mandó instalar una tienda en su propia habitación. Luego trajeron una bañera; permaneció en ella largo tiempo y, mientras le vertían agua caliente de manera continua, fue apagándose poco a poco, no sin cierta sensación de placer, como él mismo comentó, una sensación que suele acompañar a una disolución lenta. Quienes alguna vez hemos desfallecido sabemos por experiencia cómo se siente eso. 10. Esta pequeña anécdota en la que he divagado no te será desagradable. Pues verás que tu amigo partió sin dificultad ni sufrimiento. Aunque se quitó la vida, se retiró con gran suavidad, deslizándose fuera de la existencia. La anécdota puede ser también de utilidad; pues a menudo una crisis exige precisamente ejemplos así. Hay momentos en que debemos morir y no queremos; a veces morimos y no queremos.
11. Nadie es tan ignorante como para no saber que algún día hemos de morir; sin embargo, cuando se acerca la muerte, uno huye, tiembla y se lamenta. ¿No considerarías un necio absoluto a quien llorara por no haber estado vivo hace mil años? ¿Y no es igual de necio quien llora porque no estará vivo dentro de mil años? Es lo mismo; no estarás, y no estuviste. Ninguno de esos períodos de tiempo te pertenece. 12. Has sido arrojado a este punto en el tiempo; si quisieras prolongarlo, ¿cuánto más podrías hacerlo? ¿Por qué llorar? ¿Por qué rezar? Te esfuerzas en vano.
Deja de pensar que tus plegarias pueden desviar los decretos divinos de su fin predestinado.
16. ¿Tienes acaso algo por lo que valga la pena esperar? Tus propios placeres, que te hacen demorar y te retienen, ya los has agotado. Ninguno de ellos es una novedad para ti, y no hay ninguno que no te resulte odioso porque ya te has hartado de él. Conoces el sabor del vino y de los licores. Da igual que por tu vejiga pasen cien o mil medidas; no eres más que un colador de vino. Eres un entendido en el sabor de la ostra y del salmonete; tu lujo no ha dejado nada sin probar para los años venideros; y sin embargo, son estas cosas de las que te arrancan a la fuerza. 17. ¿Qué más hay que lamentarías perder? ¿Los amigos? Pero ¿quién puede ser tu amigo? ¿La patria? ¿Qué? ¿La estimas tanto como para llegar tarde a la cena? ¿La luz del sol? La apagarías si pudieras; porque, ¿qué has hecho digno de ser visto a la luz? Confiesa la verdad; no es porque anheles el senado o el foro, ni siquiera el mundo de la naturaleza, por lo que deseas posponer la muerte; es porque te resistes a dejar el mercado de pescado, aunque ya has agotado sus existencias.
18. Temes a la muerte; pero ¿cómo puedes despreciarla en medio de una cena de hongos? Quieres vivir; bien, ¿sabes acaso cómo vivir? Temes morir. Pero dime: ¿acaso esta vida tuya no es ya una muerte? Cayo César iba por la Vía Latina, cuando un hombre salió de entre los prisioneros, con la barba canosa colgándole hasta el pecho, y le suplicó que lo matara. "¿Qué?", dijo César, "¿acaso estás vivo ahora?" Esa es la respuesta que debería darse a quienes la muerte les sería un alivio. "Temes morir; ¿qué? ¿acaso estás vivo ahora?" 19. "Pero", dice uno, "quiero vivir, porque estoy ocupado en muchas tareas honorables. Me resisto a dejar los deberes de la vida, que cumplo con lealtad y celo." ¿Acaso no sabes que morir también es uno de los deberes de la vida? No abandonas ningún deber; pues no hay un número fijo que estés obligado a cumplir. 20. No hay vida que no sea breve. Comparada con el mundo de la naturaleza, incluso la vida de Néstor fue corta, o la de Sattia, la mujer que mandó grabar en su lápida que había vivido noventa y nueve años. Hay quienes, como ves, se jactan de sus largas vidas; pero ¿quién habría soportado a la anciana si hubiera tenido la suerte de llegar a los cien años? La vida es como una obra de teatro: no importa cuán largo sea el acto, sino cuán bien se actúe. No importa en qué momento decidas detenerte. Detente cuando lo desees; solo procura que el final esté bien logrado. Adiós.



