Edipo Rey · Sophocles
ESCENA VI
Capítulo 25 de 42 · 6 min de lectura
LOS PRECEDENTES, TESEO
TESEO (Al Coro.)
¿Qué gritos son esos que unánimemente hacéis resonar en los aires? He reconocido vuestra voz, he reconocido la de este extranjero. ¿Es el rayo de Zeus, es la granizada lo que le excita? Se puede conjeturar todo entre los horrores de semejante tempestad.
EDIPO
Príncipe, deseo vuestra presencia. Un dios, sin duda, ha conducido aquí vuestros pasos.
TESEO
¿Qué ocurre, hijo de Layo?
EDIPO
Que ha llegado el fin de mi vida. No quiero morir sin mostrarme fiel a las promesas que os he hecho a vos y a esta ciudad.
TESEO
¿Y en qué fundáis las conjeturas de vuestra muerte?
EDIPO
Los dioses mismos, los dioses, que no engañan nunca, son los heraldos que me la anuncian por los signos con que acaban de avisarnos.
TESEO
¿Y cómo, anciano, os lo han manifestado?
EDIPO
Con los frecuentes truenos, con las flechas de fuego que lanza una mano invencible.
TESEO
Os creo; pues he visto que sabéis predecir y que vuestros labios ignoran la mentira. Decidme, pues, qué hay que hacer.
EDIPO
Lo que voy a haceros saber, hijo de Egeo, es para esta ciudad un beneficio perdurable. En breve yo solo y sin guía os conduciré al lugar donde debo morir. Guardaos de descubrir a nadie dónde está oculto, ni hacia qué lado puede estar, si queréis que sea siempre para vos, contra los países vecinos, una defensa superior a una multitud de lanzas y broqueles. Quiero evitar el revelárselo a ninguno de estos ciudadanos y hasta a mis hijas, pese al amor que les profeso. Sed siempre el fiel depositario de este secreto, y cuando lleguéis al fin de vuestra vida, no se lo confiéis sino a quien haya de ocupar el primer rango, quien a su vez no se lo revelará sino a su sucesor: con lo que haréis de esta ciudad un escollo insuperable contra todo esfuerzo de los tebanos. ¡Cuántas ciudades, aun estando muy bien gobernadas, se han dejado cegar por el orgullo! Pero las miradas de los dioses, aunque tardíamente, se posan al fin sobre quien, rechazando las leyes de la piedad, se abandona a sus arrebatos. ¡Que el cielo os libre, hijo de Egeo, de exponeros a tal desgracia!; pero lo que puedo deciros a ese propósito, lo sabéis ya. Vamos, pues, porque la orden de Zeus me apremia; marchemos, sin desviarnos, hacia el lugar que me espera. Hijas mías, seguidme; yo os guiaré hoy como vosotras habéis guiado a vuestro padre. Retiraos, no me toquéis, dejadme a mí encontrar la tumba sagrada donde el destino quiere que yo me sepulte en el seno de esta tierra... Venid, venid adonde me conducen Hermes y la diosa de los infiernos... ¡Oh luz, que perdiste la claridad para mí, en este instante vuestros rayos alumbran mi cuerpo por última vez; pues estoy en el término de mi vida y voy a hundirme en los infiernos! ¡Oh Teseo, el más caro de cuantos me han dado hospitalidad, oh tierra, oh ciudadanos, sed por siempre felices, y en medio de vuestra dicha recordad mi muerte!
(Salen. EL CORO queda solo.)
EL CORO
¡Diosa invisible, y vos, Hades, soberano de la eterna noche, si nos es permitido dirigiros nuestras plegarias, haced, os lo rogamos, que ese anciano alcance una muerte apacible, sin angustias, y descanse dulcemente en la laguna Estigia, en la región de los muertos donde todo se suma! Y vos, extranjero, después de tantos tormentos sufridos sin merecerlos, ¡que un dios justo os mire con ojos benignos!
Diosa subterránea, y tú, invencible guardián de los infiernos, monstruo horrible a quien nos representan gruñendo y acostado ante las puertas de Hades, hijo del Tártaro y de la Tierra, te suplicamos que acojas con dulzura al extranjero que va a precipitarse en la morada subterránea de los muertos: te invocamos a ti, cuyo sueño dura eternamente.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
UN MENSAJERO, EL CORO
EL MENSAJERO
Ciudadanos: puedo en pocas palabras anunciaros la muerte de Edipo; mas para las circunstancias de este acaecimiento unas breves palabras no bastan.
EL CORO
¡Ha muerto el infortunado!
EL MENSAJERO
Ha dejado esta vida para siempre.
EL CORO
¿De qué manera? ¿Su fin ha sido al menos dulce? ¿Parecía obra de un dios?
[Ilustración]
EL MENSAJERO
De un modo digno de admiración. En efecto, habéis visto vosotros, que estabais presentes, cómo ha partido de aquí sin ser guiado por nadie, y sirviéndonos de guía a nosotros. Apenas ha llegado al umbral del abismo que se arraiga a la tierra por una escalera de bronce se ha detenido hacia el sitio donde el camino se divide en varios ramales, cerca del profundo cráter donde reposan los monumentos de la eterna amistad que Teseo y Pirítoo se juraron en otro tiempo. Se ha sentado a distancia igual de la crátera, de la roca tórica, de una tumba de piedra y de un peral salvaje cuyo tronco está carcomido por los años. Se ha despojado de los repugnantes harapos que le cubrían, y llamando a sus hijas, les ha ordenado que le busquen un agua pura para baños y libaciones. Ambas han corrido a la colina de la fecunda Deméter que se divisa no lejos de allí y han ejecutado presurosas los deseos de su padre. Le han bañado y lo han cubierto con vestiduras nuevas, conforme a los ritos prescritos. Apenas ha gustado las dulzuras de los servicios que le prestaban; apenas todas sus órdenes han sido cumplidas, Zeus ha hecho sonar su trueno subterráneo. Las dos muchachas, estremeciéndose al oirlo, se han prosternado ante su padre, deshechas en lágrimas, golpeándose el pecho y lanzando largos gemidos. Edipo, en cuanto ha oído ese ruido espantoso, extendiendo ambos brazos sobre sus hijas: «Hijas mías —ha dicho— no tenéis ya padre; todo ha acabado para mí. No tendréis ya que soportar las penosas fatigas que os causaba el cuidado de mi subsistencia; eran crueles, lo sé; pero para endulzar los más rudos trabajos, os bastaba saber que nadie os amará nunca más que yo. Me perdéis hoy, y el resto de vuestra vida va, desde ahora, a deslizarse en esa privación amarga.» A estas palabras padre e hijas se han abrazado, llorando y sollozando. Al fin, calmado su llanto, y habiendo sucedido el silencio a sus gritos, una voz se ha hecho oir de repente, llamando a Edipo. El pavor ha sobrecogido a los presentes y el pelo se nos ha erizado. La voz del dios se ha oído diciendo: «¡Edipo, Edipo! ¿Qué nos detiene? Marchemos. Tardas demasiado.» Apenas ha reconocido la voz del dios ha invitado a Teseo a acercarse y le ha dicho: «Amigo mío, dadme la mano, en prenda de la fe constante que os liga a mis hijas; vosotras, hijas mías, dádmela también. Príncipe; prometedme no hacerlas nunca daño voluntariamente, sino velar por sus intereses y hacer por ellas cuanto podáis.» Teseo, como hombre generoso, le jura, conteniendo las lágrimas, cumplir sus deseos. Hecho este juramento, Edipo, colocando sus manos trémulas sobre sus hijas, les ha dicho: «Hijas mías, es preciso que, con un noble valor, os alejéis de aquí y no me pidáis ver ni oir lo que os está vedado. Retiraos al punto; que Teseo quede solo y sea testigo de lo que ha de ocurrir.» A tal orden, que hemos oído todos, nos hemos retirado, gimiendo y derramando lágrimas, detrás de sus hijas. Pero, apenas alejados un poco, hemos vuelto la cabeza; Edipo había desaparecido y Teseo, la mano en el rostro, se tapaba los ojos, como aterrorizado al aspecto de un horrible espectáculo. Luego le hemos visto prosternarse y adorar a la vez la Tierra y el Olimpo do residen los dioses. Sólo Teseo entre los mortales podría decir de qué guisa ha perecido Edipo; pues ni el rayo ha caído sobre él para reducirle a cenizas, ni la tempestad ha venido del seno de los mares para arrebatarlo; pero o algún dios se lo ha llevado, o la tierra se ha abierto por sí misma para proporcionarle un fácil paso a los infiernos. No ha sucumbido, en fin, atormentado por las angustias de una enfermedad. Hay menos motivo para llorarle que para admirarle entre todos los humanos. Si alguien juzga que he dicho cosas insensatas no trataré de persuadirle.
EL CORO
¿Dónde están ahora las dos hijas de Edipo y los amigos que las acompañaban?
EL MENSAJERO
Aquí se acercan. Harto las anuncian sus gemidos.



