Edipo Rey · Sophocles

ESCENA II

Capítulo 26 de 42 · 2 min de lectura

ANTÍGONA, ISMENA, EL CORO

ANTÍGONA

¡Cuán desgraciadas somos! Hoy hemos de llorar, y el resto de nuestra vida la sangre a quien se la debemos, la sangre lamentable de un padre por quien hemos constantemente padecido trabajos y por quien hasta nuestra muerte, nuestros ojos y nuestro corazón han de padecer todavía tanto.

EL CORO

¿Qué ha sucedido?

ANTÍGONA

Lo que no podría imaginarse, amigos míos.

EL CORO

¿Ha muerto?

ANTÍGONA

De la manera que vosotros más habríais deseado. ¿Qué otra cosa mejor puede desearse? No ha tenido que sufrir el embate de Ares ni el del mar, sino que las entrañas de la tierra, abriéndose a la luz, se han apoderado de él y han puesto fin a su vida de una manera inesperada. ¡Ahora una noche funesta se tiende para siempre ante nuestros ojos! ¿En qué tierra apartada; sobre qué olas tempestuosas habremos de errar y buscar el sustento para conservar una vida insoportable?

ISMENA

¿Quién sabe? ¡Que el dios de los muertos me lleve a su imperio y me junte a mi padre! Lo que me resta de vida no es ya nada para mí.

EL CORO

¡Oh las más generosas de todas las hijas!, hay que sufrir con valor los males que los dioses os envían; no os dejéis extraviar por vuestro dolor; vuestra suerte no es tan deplorable.

ANTÍGONA

Añoro ¡ay! hasta los males que compartía con él; lo que había en ellos de más penoso era un placer para mí cuando le sostenía en mis brazos. ¡Padre mío, amigo mío, a quien las tinieblas de la tierra ahora envuelven, nunca vuestra vejez dejó de serme cara! ¡Que no cese yo nunca de amar vuestra memoria!

EL CORO

¿Ha muerto, pues?

ANTÍGONA

Ha muerto como deseaba.

EL CORO

¿Qué decís?

ANTÍGONA

Ha muerto en esta tierra extraña donde deseaba morir. El lecho fúnebre donde reposa está cubierto de eterna obscuridad y el duelo en que nos deja nos hará verter lágrimas inagotables. Sí, padre mío, para siempre mis ojos os han de llorar; no tengo en mi dolor consuelo alguno. ¡Debíais, ¡ay!, morir en una tierra extraña y dejarme al morir en tan triste abandono!

ISMENA

¡Desgraciadas! ¡Privadas una y otra de un padre querido, a qué abandono, también a qué estado miserable me veo condenada con vos, hermana mía!

EL CORO

Amigas nuestras; puesto que ha acabado tan felizmente su vida, cesen vuestras quejas. No hay nadie que escape a la desgracia.

ANTÍGONA

Volvamos sobre nuestros pasos, hermana.

ISMENA

¿Qué pretendéis hacer?

ANTÍGONA

Un deseo me posee.

ISMENA

¿Qué deseo?

ANTÍGONA

Ver la morada subterránea...

ISMENA

¿De quién?

ANTÍGONA

De mi padre. ¡Cuán desgraciada soy!

ISMENA

¿Lo creéis permitido? ¿No veis...?

ANTÍGONA

¿Cuál es el objeto de vuestro reproche?

ISMENA

¿No veis? Digo...

ANTÍGONA

¿Qué queréis? vuelvo a preguntaros.

ISMENA

Ha muerto sin tumba, sin testigos...

ANTÍGONA

Llevadme allí, y cuando lleguemos quitadme la vida.

ISMENA

¡Desgraciada! ¿Y cómo podría yo soportar el peso de mi vida condenada a la indigencia y a la soledad?

EL CORO

Amigas nuestras, no temáis nada.

ANTÍGONA

¿Dónde huiré?

EL CORO

Habéis ambas, huyendo de vuestro país, evitado los peligros a que estabais expuestas.

ANTÍGONA

Yo pienso...

EL CORO

¿Qué?

ANTÍGONA

Cómo volveremos a nuestra patria, y no veo medio alguno.

EL CORO

Dejad de pensar en ello. Sería muy penoso.

ANTÍGONA

Lo es hace mucho tiempo; antes por superar a nuestras esperanzas, ahora por superar a nuestras fuerzas.

EL CORO

¡En qué vasto mar de inquietudes habéis caído!

ANTÍGONA

¿Dónde, oh Zeus, dirigiremos nuestros pasos? ¿Hacia qué esperanzas un dios favorable me conducirá ahora?