Edipo Rey · Sophocles

ESCENA IV

Capítulo 33 de 42 · 6 min de lectura

EL CORO, CREÓN

EL CORO

¡Dichosos aquellos, cuya vida pasa sin que experimenten infortunio! Pues tan pronto como la mano de los dioses se deja caer sobre una casa las malandanzas se suceden y vienen en tropel a abatirle, al modo de las olas marinas que, ennegrecidas por la tempestad y empujadas por los vientos impetuosos de la Tracia, se alzan del fondo de sus abismos, ruedan hacia la costa y mugen en las lejanas orillas donde van a estrellarse.

De tal manera en la casa expirante de los Labdácidas, vemos sobre antiguas desgracias acumularse desgracias nuevas. Una generación sucede a otra, sucediéndose sus males. Un dios la hiere sin darle tregua. Aún brillaba alguna claridad sobre la última raíz del trono de Edipo; y he aquí que la ceniza de los muertos, el extravío del espíritu y la furia que turba la razón han eclipsado dicha luz.

¡Qué hombre en su orgullo, oh Zeus, podría lisonjearse de poner coto a tu poder, a tu poder a quien el sueño, al que todo cede, y el infatigable correr del tiempo no sobrepujarán jamás! No accesible a las huellas de la vejez, habitas con tu omnipotencia en el seno de la claridad resplandeciente del Olimpo; el presente, el pasado, el porvenir están sometidos a tu voluntad. Suerte semejante no existe para el hombre. No hay mortal cuyos días estén enteramente libres de dolores.

La esperanza activa y ligera viene con frecuencia a consolar a los hombres; con frecuencia también los entretiene con vanos deseos que los engañan: en el seno de la ignorancia donde viven se desliza en sus corazones cuando ya sus pies van a tocar los carbones ardientes. Porque es una máxima conocida entre los sabios, que cuando un dios nos conduce a la desgracia, el mal toma a nuestros ojos los colores del bien. La vida tiene pocos momentos libres de dolor.

Pero ved a Hemón, el menor de vuestros hijos. Desesperado al ver su amor frustrado, viene sin duda a deplorar la suerte de Antígona, que debía ser su esposa.

CREÓN

Eso lo sabremos pronto, mejor que los mismos adivinos.

[Ilustración]

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ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

CREÓN, HEMÓN, EL CORO

CREÓN

Hijo mío, al tanto de la suerte de la esposa que os estaba destinada, ¿venís a hacer estallar vuestras iras contra vuestro padre o, cualquiera que sea el partido que yo haya tomado, soy siempre vuestro amigo?

HEMÓN

Padre mío, os soy afecto. Vos, obrando conforme a principios sabios, me serviréis de modelo. No hay himeneo para mí preferible a la felicidad de verme guiado por vuestra sabiduría.

CREÓN

Sí, hijo mío; preferir a todo la voluntad de vuestro padre: he aquí el principio y la regla que debéis llevar siempre en vuestro corazón. Un padre no desea poseer en su casa hijos sumisos sino para verles, compartiendo su amistad para sus amigos, hacerles a sus enemigos cuantos males merezcan. Porque, quien no ha dado el ser sino a hijos indiferentes a sus intereses no ha engendrado sino tormentos para él y motivos de alegría para sus enemigos. No vayáis, pues, hijo mío, arrebatado por el amor de una mujer, a abjurar de tales sentimientos; considerad cuán fríos son los abrazos de una esposa indigna que comparte vuestro lecho. ¿Y qué llaga más honda que las caricias de un amigo pérfido? Rechazad a esa mujer como a una culpable enemiga, y dejadla buscar en los infiernos otro himeneo; pues ya que, sólo ella en la ciudad, ha osado desobedecer mis leyes, me mostraré fiel a esas leyes haciéndola morir. En vano invocaría en nombre de Zeus la sangre que me une con ella. Si los que la naturaleza me da por parientes son indignos, iré a buscar otros en las familias extrañas. Pues quien es hombre de bien en su casa se muestra igualmente buen ciudadano en el Estado. No puedo menos de mirar con indignación a quien pretende violar las leyes o imponerse a los que gobiernan. En las grandes cosas, como en las pequeñas, en las justas como en las injustas, hay que obedecer a quien el Estado ha elegido para mandar. Mandará bien quien ha sabido obedecer, y un día de batalla se podrá contar con su bravura y su fidelidad. La anarquía es el mayor de los males; pierde a las familias, destruye los Estados, lleva a los ejércitos a la derrota; la obediencia es la salvación de los que siguen sus reglas. Sostengamos, pues, con firmeza los principios del buen gobierno y no permitamos que una mujer nos subyugue. Más vale, si es preciso, ceder al poder de un hombre que dejarse vencer por una mujer.

EL CORO

Si la edad no obscurece nuestra razón, parécenos que habláis prudentemente en eso que decís.

HEMÓN

Padre mío, los dioses dan a los hombres la prudencia, que es el más precioso de todos los tesoros. Yo no podría, no sabría siquiera adelantar que haya nada reprensible en vuestras palabras, pero creo que también algún otro puede hablar razonablemente; así, pues, habéis de saber que mi naturaleza me inclina a observar lo que cada uno, a propósito de vos, puede decir, hacer o vituperar; pues vuestro aspecto, temible a los ojos de vuestro pueblo, ahoga palabras que no escucharíais con gusto. Yo, en la obscuridad, puedo oir cuanto se murmura, cuanto Tebas lamenta la suerte de esta joven princesa que, considerada culpable por la más gloriosa de las acciones, va a perecer de una muerte indigna. ¡Qué! ¿La que no ha podido sufrir que el cuerpo ensangrentado de un hermano siguiera siendo presa de las aves y de los perros voraces, no merece los honores más distinguidos? Tales son los discursos que la voz pública propaga en secreto. En cuanto a mí, padre mío, nada es a mis ojos preferible a la prosperidad de vuestro reino. ¡Qué ornamento, en efecto, más halagador para un hijo que la gloria de un padre, y para un padre que la gloria de un hijo! No os obstinéis, pues, en creer que sólo vuestros discursos y no los de los demás son conformes a la razón; pues si hay hombres que piensan poseer ellos solos la sabiduría, la elocuencia, el valor, al analizarlos, el vacío de su alma se deja advertir. Para todo hombre sabio no es una vergüenza instruirse y ceder a la instrucción. Ved cuántos árboles, para salvar sus ramas, ceden a los torrentes agrandados por las tempestades; los que resisten son desarraigados. El piloto que dejando su vela tendida quiere hacer cara al viento, ve pronto su batel volcado tornarse juguete de las aguas. Calmad, pues, vuestra cólera y dejaos rendir, si, pese a mis pocos años, alguna prudencia ha penetrado en mi corazón (dichoso el que puede poseer todas las luces de la razón), si tengo algún saber (pues es frecuente a mi edad carecer de él); pensad que es bueno dejarse ilustrar por consejos razonables.

EL CORO

Señor, si sus razones son buenas, os conviene ceder a ellas; vos, príncipe, ceded a las del rey si son mejores. Porque habéis uno y otro hablado bien sabiamente.

CREÓN

¡Cómo! ¿A la edad que tengo recibiré de un hombre de sus años lecciones de prudencia?

HEMÓN

¿Qué importa mi juventud? No veáis mi edad; ved mis consejos.

CREÓN

¡Qué consejos, honrar a los que desobedecen las leyes!

HEMÓN

Yo no os invitaría a honrar a los malos.

CREÓN

¿Antígona no merece ese nombre?

HEMÓN

No es eso al menos lo que dicen todos los tebanos.

CREÓN

¿Los tebanos me dictarán las órdenes que debo dar?

HEMÓN

Considerad que habláis como un rey recientemente elevado al trono.

CREÓN

¿Qué otro que yo debe mandar aquí?

HEMÓN

Pero el Estado no se ha hecho para un solo hombre.

CREÓN

¿El Estado no se considera que pertenece a quien gobierna?

HEMÓN

Sí, muy bien. Pero ¿si el país está desierto reinaréis, pues, solo?

CREÓN

Se ve bien claro que combate por una mujer.

HEMÓN

Si tal nombre os cuadra; pues son vuestros intereses los que me ocupan por cima de todo.

CREÓN

¡Malvado! ¡Te atreves a acusar a tu padre!

HEMÓN

Cuando le veo hacer acciones injustas.

CREÓN

¿Es una injusticia sostener mis derechos?

HEMÓN

Es sostenerlos mal pisotear las leyes de los dioses.

CREÓN

¡Corazón pérfido y digno de ser subyugado por una mujer!

HEMÓN

No me veréis, al menos, vencido por inclinaciones vergonzosas.

CREÓN

Todas tus palabras no son sino por ella.

HEMÓN

Son por vos, por mí, por los dioses de los infiernos.

CREÓN

No soportaré nunca que te cases con ella. Morirá.

HEMÓN

Si muere, su muerte será seguida de otra.

CREÓN

¡Cómo! ¡Tu audacia llega hasta amenazarme!

HEMÓN

¿Es amenazaros combatir sentimientos mal fundados?

CREÓN

Tú aprenderás a tu costa a ser mejor fundado en los tuyos.

HEMÓN

Si no fuerais mi padre, yo diría que los vuestros son opuestos a la razón.

CREÓN

Vil esclavo de una mujer, cesa de fatigarme con tus palabras.

HEMÓN

Queréis hablar y no escuchar nada.

CREÓN

Sin duda; pero te lo juro por el Olimpo, no me importunarás impunemente con tus reprimendas. (A sus guardas.) Que traigan a esa mujer odiosa y que expire pronto ante los ojos de su amante.

HEMÓN

No expirará ante mis ojos, guardaos de creerlo; pero vuestros ojos no me verán más: os dejaré entregado a vuestros furores, con los amigos que os halagan.