Edipo Rey · Sophocles

ESCENA III

Capítulo 5 de 42 · 5 min de lectura

LOS PRECEDENTES, EDIPO

EDIPO

Yocasta, cara esposa, ¿para qué me mandáis llamar?

YOCASTA

Escuchad a este extranjero, y ved, luego de oirle, en lo que quedan las respetables predicciones de los dioses.

EDIPO

¿De qué país es y qué viene a decirme?

YOCASTA

Es de Corinto; os anuncia que vuestro padre ya no existe, que sus días han terminado.

EDIPO

¿Qué decís, extranjero? Explicadme vos vuestro mensaje.

EL MENSAJERO

Sí, ante todo he de confirmaros lo que he dicho: sabed que, en efecto, Polibio ha muerto.

EDIPO

¿Se ha conspirado contra su vida, o alguna enfermedad le ha hecho perecer?

EL MENSAJERO

El menor accidente basta para precipitar en la tumba un cuerpo debilitado por los años.

EDIPO

¿El infortunado, por lo visto, ha sucumbido a una enfermedad?

EL MENSAJERO

Había vivido largos años.

EDIPO

¿Quién podría, señora, en adelante, recurrir al antro profético de Delfos, al vano lenguaje de las aves, a esos oráculos que me anunciaban que debía matar a mi padre? Muere, desciende a la tumba; y yo, yo estoy aquí, no he atentado contra su vida, a menos que el dolor de haberme perdido no haya anticipado su muerte; pues sólo de esta manera puedo ser su asesino. Así, pues, Polibio, con todos sus frívolos oráculos, yace ahora en la morada de los muertos.

YOCASTA

¿No os lo había yo dicho?

EDIPO

Me lo habéis dicho, pero mi corazón no escuchaba sino su temor.

YOCASTA

Desterrad de vuestro espíritu todos esos pensamientos.

EDIPO

¡Cómo! ¿No debo aun temer el lecho de mi madre?

YOCASTA

¿Qué debe temer un mortal a quien sale bien todo lo que depende de la fortuna y todo lo que depende de su previsión está oculto en el obscuro porvenir? Lo mejor de la vida es dejarse llevar, mientras se puede, por el acaso. Cesad de temer vuestra unión incestuosa con la que os dio el ser. ¡Cuántos hombres han soñado que compartían el lecho de su madre! Los que no se cuidan de esas vanas ideas viven días más felices.

EDIPO

Todo eso sería bueno si la que me dio el ser hubiera cesado de vivir. Pero mientras respire no puedo, pese a vuestras razones, evitar el temor.

YOCASTA

La muerte de vuestro padre es ya para vos una gran luz.

EDIPO

Es grande, sin duda; pero mientras mi madre viva, tiemblo.

EL MENSAJERO

¿Quién es esa mujer que os inspira tanto temor?

EDIPO

Mérope: la esposa de Polibio.

EL MENSAJERO

¿Y qué puede, que se refiera a ella, alarmaros?

EDIPO

Una predicción terrible, anunciada por los dioses.

EL MENSAJERO

¿Se puede saber o debe ignorarse?

EDIPO

La sabréis: Febo me predijo que yo debía un día casarme con mi madre y que mis propias manos harían correr la sangre de mi padre. He aquí lo que hace largo tiempo me hizo abandonar Corinto; puedo estar contento de ello. ¡Sin embargo es tan dulce gozar de la vista de los que nos han dado el ser!

EL MENSAJERO

¡Cómo! ¿Ese temor os hizo dejar nuestros muros?

EDIPO

Quería evitar el ser un día el asesino de mi padre.

EL MENSAJERO

¡Cómo, habiendo venido, oh príncipe, en vuestro servicio, podría yo demorar el libraros de tal inquietud!

EDIPO

Beneficio tan grande sería pagado con un gran reconocimiento.

EL MENSAJERO

Eso, en efecto, ha conducido aquí mis pasos: la esperanza de que a vuestra vuelta a Corinto yo obtendría alguna gracia de vos.

EDIPO

Me guardaré bien de encontrarme allí nunca con los autores de mis días.

EL MENSAJERO

Hijo mío, bien se ve que ignoráis lo que hacéis...

EDIPO

¿Qué decís, anciano? En nombre de los dioses, dignaos instruirme.

EL MENSAJERO

Si por huir de vuestros padres evitáis el volver a Corinto...

EDIPO

Temo ver a Apolo justificar su oráculo.

EL MENSAJERO

¡Teméis mancillaros con algún crimen viviendo con ellos!

EDIPO

He ahí, anciano, he ahí el motivo eterno de mis temores.

EL MENSAJERO

Ignoráis que vuestros temores no tienen ningún fundamento legítimo.

EDIPO

¿Cómo no van a tenerlo? Siendo yo, en efecto, el hijo de Polibio...

EL MENSAJERO

Es que Polibio no es nada vuestro.

EDIPO

¿Qué decís? ¡Polibio no era mi padre!

EL MENSAJERO

No lo era más que lo soy yo.

EDIPO

¿Y qué hay de semejante entre el que me dio el ser y el que no es nada mío?

EL MENSAJERO

Ni a él ni a mí nos lo debéis.

EDIPO

¿Y por qué me llamaba su hijo?

EL MENSAJERO

Sabed que os recibió de mis manos como un presente que le era caro.

EDIPO

¿Y qué pudo hacerle querer lo que recibió de mano extraña?

EL MENSAJERO

El dolor de verse sin hijos.

EDIPO

¿Me comprasteis para darme al príncipe, o erais vos mi padre?

EL MENSAJERO

Yo os había encontrado oculto en una garganta del Citerón.

EDIPO

¿Con qué objeto andabais por esa montaña?

EL MENSAJERO

Guardaba rebaños que pacían en aquellos valles.

EDIPO

¿Ibais, pues, errante como un pastor mercenario?

EL MENSAJERO

Sí, hijo mío; pero fuí vuestro salvador.

EDIPO

¿A qué males, a qué peligros estaba yo entregado cuando vos me salvasteis?

EL MENSAJERO

Las articulaciones de vuestros pies podrían ser testigos.

EDIPO

¡Oh cielos! ¿Qué males antiguos venís a recordarme?

EL MENSAJERO

Yo os libré de los lazos que herían vuestros pies.

EDIPO

Es verdad; conservo la señal de las indignas mantillas con que fué envuelta mi niñez.

EL MENSAJERO

También debéis a vuestro infortunio el nombre que lleváis.

EDIPO

En nombre de los dioses, ¿fueron mis padres los que me dieron ese nombre? Explicaos.

EL MENSAJERO

Lo ignoro, pero aquel de quien os recibí debe saberlo mejor que yo.

EDIPO

¡Cómo! ¿Me recibisteis de otro y no fuisteis vos quien me encontró?

EL MENSAJERO

No, no fuí yo. Otro pastor os puso en mis manos.

EDIPO

¿Qué pastor era ese? ¿Podría yo conocerle?

EL MENSAJERO

Era uno de los servidores de Layo.

EDIPO

¿Del último rey de este país?

EL MENSAJERO

Del mismo. Guardaba los rebaños de ese príncipe.

EDIPO

¿Vive todavía? ¿Podría yo verle?

EL MENSAJERO

Habitantes de esta comarca, vosotros debéis saberlo.

EDIPO

¿Hay entre vosotros alguno que conozca al pastor de que habla este anciano, y que le haya visto, ya en el campo, ya aquí? Apresuraos a decírnoslo: he aquí el momento de descubrirlo todo.

EL CORO

No creemos que ese pastor sea otro que el campesino que vos habéis ya deseado ver. Pero Yocasta misma podría decirlo mejor que nadie.

EDIPO

¿Pensáis, señora, que el hombre de que hemos ya deseado la presencia sea el mismo a quien se refiere este anciano?

YOCASTA

¿Quién es ese hombre? ¿Y a quién se refiere? Dejad esas vanas indagaciones y no os preocupéis de lo que os ha relatado.

EDIPO

No, no se dirá que teniendo semejantes indicios me he descuidado en esclarecer mi nacimiento.

YOCASTA

En nombre de los dioses, si os preocupa algo vuestra vida, no persigáis tal averiguación. Bastante sufro ya.

EDIPO

Tranquilizaos ya, señora; aunque cambiando de madre por tercera vez, se descubriera en mí al esclavo de los esclavos, vuestro rango no se degradaría.

YOCASTA

Dejaos persuadir, os lo suplico; no hagáis indagaciones.

EDIPO

No obtendréis de mí que renuncie a conocer la verdad.

YOCASTA

Tengo grandes razones para daros mejores consejos.

EDIPO

Esos consejos me fatigan hace mucho tiempo.

YOCASTA

¡Desgraciado! ¡Haga el cielo que no conozcáis nunca quién sois!

EDIPO

¿Me traerán pronto al pastor? Dejadla complacerse en el orgullo de su origen.

YOCASTA

¡Infortunado! He ahí todo lo que puedo deciros y os digo por última vez.