Edipo Rey · Sophocles

ESCENA V

Capítulo 7 de 42 · 7 min de lectura

LOS PRECEDENTES, EL DOMÉSTICO

EDIPO

Y vos, anciano, miradme y responded a lo que os pregunte. ¿Estabais al servicio de Layo?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Fuí su esclavo, no comprado, sino criado en su casa.

EDIPO

¿De qué trabajo estabais encargado? ¿Qué empleo era el vuestro?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Casi siempre estuve al cuidado de los rebaños.

EDIPO

¿A qué sitio los conducíais más frecuentemente?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Al monte Citerón y a los campos vecinos.

EDIPO

¿Tenéis alguna idea de haber conocido allí a este hombre?

EL VIEJO DOMÉSTICO

¿En qué ocasión? ¿Y de qué hombre me habláis?

EDIPO

Del hombre que aquí veis. ¿No habéis tenido relación con él?

EL VIEJO DOMÉSTICO

No la bastante para que mi memoria le recuerde con facilidad.

EL MENSAJERO

No tiene nada de extraño; pero, señor, voy yo a recordarle distintamente lo que ha echado en olvido; pues harto sé que no lo ignora. Cuando en el monte Citerón conducíamos, él dos rebaños y yo uno solo, le veía con frecuencia, durante tres meses enteros, desde el fin de la primavera hasta la aparición de la estrella del Norte. Al acercarse el invierno, yo tornaba con mi rebaño a mis establos y él tornaba con los suyos al de Layo. (Al Viejo Doméstico.) ¿Lo que digo es verdad o no?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Lo que decís es muy cierto, bien que hace mucho tiempo.

EL MENSAJERO

Bien, decid. ¿Os acordáis de que me entregasteis un niño para criarle como mi propio hijo?

EL VIEJO DOMÉSTICO

¿Qué queréis decir y por qué esas preguntas?

EL MENSAJERO (Señalando a Edipo.)

Ved, amigo mío, ved al que era entonces de una edad tan tierna.

EL VIEJO DOMÉSTICO

El cielo os confunda... ¿No os callaréis?

EDIPO (Al Viejo Doméstico.)

Basta, anciano; no riñáis a este hombre. Vuestras palabras, no las suyas, merecen castigo.

EL VIEJO DOMÉSTICO

¿Y cuál es la falta que he cometido, mi generoso amo?

EDIPO

No confesar el niño de que habla.

EL VIEJO DOMÉSTICO

Habla sin saber nada y fuera de sazón.

EDIPO

Hablarás de buen grado o los castigos te harán hablar.

EL VIEJO DOMÉSTICO

En nombre de los dioses, ahorrad a un desgraciado anciano...

EDIPO

Que le aten al instante las manos a la espalda.

EL VIEJO DOMÉSTICO

¡Infeliz de mí! ¿Y por qué? ¿Qué queréis saber?

EDIPO

¿Entregaste a este hombre el niño de que habla?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Se lo entregué. ¿Por qué no hallé aquel día el fin de mi vida?

EDIPO

Lo encontrarás si no dices la verdad.

EL VIEJO DOMÉSTICO

Antes pereceré si la digo.

EDIPO

Este hombre, bien se ve, sólo busca dilaciones.

EL VIEJO DOMÉSTICO

No las busco; he dicho que se lo había entregado.

EDIPO

¿De quién lo habías recibido? ¿Era tuyo o de algún otro?

EL VIEJO DOMÉSTICO

No era mío; lo había recibido.

EDIPO

¿De qué ciudadanos? ¿De qué casa?

EL VIEJO DOMÉSTICO

En nombre de los dioses, no me preguntéis más.

EDIPO

Si tengo que repetirte la pregunta, date por muerto.

EL VIEJO DOMÉSTICO

Era un niño nacido en casa de Layo.

EDIPO

¿Era un esclavo o un hijo suyo?

EL VIEJO DOMÉSTICO

¡Esto es lo que más trabajo me cuesta decir!

EDIPO

Y a mí oir; pero no importa, es necesario que lo oiga.

EL VIEJO DOMÉSTICO

Pasaba por hijo de Layo. Pero la reina, que está en el palacio, podría mejor que nadie sacaros de dudas.

EDIPO

¿Os entregó ella el niño?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Sí, príncipe.

EDIPO

¿Con qué objeto?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Para que le hiciese perecer.

EDIPO

¡Desgraciada! ¡Una madre!

EL VIEJO DOMÉSTICO

Temiendo un oráculo espantoso.

EDIPO

¿Qué decía ese oráculo?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Que el niño debía asesinar a los autores de sus días.

EDIPO

Y entonces, ¿cómo pudisteis entregarlo a este anciano?

EL VIEJO DOMÉSTICO

Tuve piedad, señor, y se lo dí a este extranjero para que lo llevase a su patria. Le salvó de sus males para reservarle otros mayores, pues si sois, en verdad, quien él dice, ¡ved todo el horror de vuestro infortunio!

EDIPO

¡Ay de mí, todo está ya en claro! Luz del día, te miro por última vez, yo que he nacido de quien nunca hubiera debido nacer; yo que he contraído lazos incestuosos; yo que he vertido la sangre que hubiera debido respetar.

EL CORO

¡Razas infortunadas de los mortales! ¡No sois a mis ojos sino vanas sombras! ¿Quién entre los hombres ha conocido nunca otra dicha que la de parecer un momento feliz, gozar un instante de tal ilusión y caer al punto en el abismo? Contemplando tu infortunio, no tenemos en nada la felicidad de los mortales, oh desgraciado Edipo, que elevándote todo lo alto que le es dable a un mortal, has gozado todos los favores del destino; que hiciste perecer al monstruo de faz de doncella armado de garras crueles y famoso por sus enigmas; que fuiste para nuestra patria una muralla contra la muerte; que mereciste, en fin, ser nombrado nuestro rey. Todos los honores te han rodeado en el trono brillante de Tebas, y ¿qué hombre en las más grandes desgracias, en las más crueles revoluciones de su vida fué nunca más infortunado que tú ahora? ¡Oh, famoso Edipo, en qué puerto has abordado como padre, esposo e hijo! ¡Cómo, infortunado, cómo el lecho paterno ha podido sufrir en silencio semejantes horrores! El tiempo, que todo lo ve, te ha descubierto a tu pesar; hace justicia, al fin, a ese himeneo execrable, donde el que fué engendrado engendró a su vez. Hijo de Layo, hagan los dioses que no te veamos nunca. De nuestra voz gimiente, sólo se pueden ya esperar acentos de dolor; y para decir verdad, tú nos volviste a la vida y tú nos hundes nuevamente en la tumba.

[Ilustración]

ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

EL CORO, UN OFICIAL DEL PALACIO

EL OFICIAL

¡Vosotros, a quien se reverencia en la comarca! ¡qué horrores vais a oir! ¡Qué aflicción va a llenar vuestros corazones, si aún os inspira algún interés la casa de los Labdácidas! Nunca las aguas del Istros ni del Fasis serán suficientes para lavar cuanto este palacio encierra de mancillas y de iniquidades. Unas y otras, sin que las fuerce nadie, van a salir a la luz. Los más aflictivos de todos los males son los que el infortunado se procura a sí mismo.

EL CORO

¡Oh, los que conocemos son ya harto dolorosos! Para añadirles más, ¿qué tenéis que decirnos?

EL OFICIAL

Una palabra bastará para enteraros. La reina ha muerto.

EL CORO

¡Desgraciada princesa! ¿Y cómo ha perecido?

[Ilustración]

EL OFICIAL

Por su propia mano. Las circunstancias más dolorosas de su muerte no han llegado hasta mí, pues mis ojos no han podido verlas; pero en la medida que mi espíritu pueda sugerírmelo, vais a conocer todo lo que ha sufrido. Apenas, en los transportes que la agitaban, hubo franqueado el pórtico del palacio, arrancándose los cabellos con ambas manos, se dirige a su lecho nupcial: entra, cierra la puerta, llama a Layo, el esposo que hace tiempo no existe. Evoca la prenda antigua de su unión, el hijo que ha llegado a ser el asesino de su padre y que del seno mismo de su madre ha hecho salir una deplorable descendencia; gime sobre el lecho funesto donde ha tenido esposo de su esposo e hijos de su hijo. Ignoro cómo su muerte ha seguido a sus gemidos; pues los gritos de Edipo, que han resonado en mi oído, me han impedido darme cuenta de su deplorable fin. Mis ojos se han vuelto hacia el príncipe que, corriendo de acá para allá, pedía que se le diese una espada; que se le dijese dónde estaba su mujer, no su mujer, sino la que llevó en su seno al padre y a los hijos. En su extravío, un dios, sin duda, se lo ha hecho saber; pues ninguno de los presentes osaba responderle; lo cierto es que, marchando como sobre los pasos de un guía invisible, se lanza con gritos terribles contra la puerta, la fuerza, la hunde y penetra en la cámara, donde vimos a la reina pendiente del lazo fatal que acababa de quitarle la vida. En cuanto la ve, el infortunado lanza horribles rugidos y se apresura a desatar el nudo de que pende. Apenas cae en tierra (¡espectáculo horrible!) se apodera de los broches de oro de sus vestiduras y con ellos se horada los ojos, gritando que no la vería más, ni a ella ni al objeto de sus crímenes, ni al objeto de sus tormentos; y que en adelante, hundidos en las tinieblas sus ojos, confundirían lo que había de esquivar y lo que había de buscar. Pronunciando estas palabras, que repitió muchas veces, se levantó los párpados y se arrancó los ojos. Una sangre negra corría por su rostro, no gota a gota, sino como en lluvia tempestuosa. Ved cómo uno y otro han dado rienda suelta a su desesperación; ved cómo ambos esposos han mezclado sus dolores y sus males. Con lo que la antigua felicidad, que parecía antes digna de ese nombre, no es hoy sino lamentos, desesperación, oprobio y muerte; se ha cambiado en cuanto, entre nosotros, merece el nombre de infortunio.

EL CORO

Y el desgraciado, ¿qué hace en medio de sus males?

EL OFICIAL

Habla de abrir las puertas, de mostrar a todos los tebanos al que asesinó a su padre, al que de su madre... pronuncia palabras impuras que no me atrevo a repetir; habla de precipitarse fuera de nuestro muro, de que no debía permanecer aquí, bajo el peso de las imprecaciones que su boca ha lanzado sobre sí mismo. Pero carece de fuerza y de vista; sus males son demasiado grandes para que pueda soportarlos. Va a testimoniároslo; abre las puertas del palacio; vais a ver un horrible espectáculo que haría sentir compasión al enemigo más cruel.