Edipo Rey · Sophocles
ESCENA II
Capítulo 8 de 42 · 4 min de lectura
EDIPO, EL CORO
EL CORO
¡Cielos, qué horripilante estado, el más horrible de cuantos se hayan nunca ofrecido a nuestros ojos! Desgraciado, ¿qué delirio os ha arrebatado, qué demonio ha podido colmar vuestra desgracia con males tan crueles? ¡Ay, infortunado! En vano querríamos hablaros, interrogaros, miraros, ni siquiera podemos posar en vos nuestra mirada, de tal modo nos horroriza vuestro estado.
EDIPO
¡Ay, infeliz de mí! ¿Dónde estoy, en qué sitio resuena mi voz? ¿Dónde me has precipitado?
EL CORO
En cuanto hay de más horrible, de más inaudito, de más espantoso.
EDIPO
¡Oh nube de obscuridad extendida sobre mí, nube execrable, indecible, invencible, interminable! ¡Ay, cien veces ay, cuánto dolor reunido en el aguijón que me ha horadado los ojos y en el recuerdo de mis males!
EL CORO
En medio de tan gran infortunio, son en efecto dos tormentos que deplorar, dos tormentos que sufrir.
EDIPO (Al Coro.)
¡Amigos míos, sois los únicos que me quedan; sólo vosotros no huís de un desgraciado privado de la luz; sólo vosotros os apiadáis de él! Aunque hundido en las tinieblas, sé quiénes sois, os reconozco, reconozco vuestra voz.
EL CORO
¡De qué crueldad os habéis hecho víctima a vos mismo! ¿Cómo habéis podido arrancaros así los ojos? ¿Qué demonio os ha inspirado ese furor?
EDIPO
Apolo, amigos míos; Apolo ha querido colmar así mis males. Pero no otro que yo me ha herido; sólo he sido yo. ¿Y de qué me hubiera servido ya la luz, no quedándome ya que ver sino objetos dolorosos?
EL CORO
¡Oh, es muy cierto!
EDIPO
¿Qué me quedaba, en efecto, que ver, que amar, que oir con algún placer? Amigos míos, daos prisa en llevarme fuera de aquí; llevaos a este malvado, a este miserable, cargado de imprecaciones, el más aborrecido de los dioses.
EL CORO
¡Oh desgraciado, a quien su carácter y sus infortunios han hecho por igual infeliz, a quien querríamos no haber conocido jamás!
EDIPO
¡Perezca aquel cuya piedad funesta me libró de los lazos crueles que oprimían mis pies y conservó mi vida! Yo hubiera muerto, y no hubiera sido para mis amigos y para mí un tan gran motivo de dolor.
EL CORO
¡Cuán menos lamentable nos hubiera parecido vuestra muerte!
EDIPO
No hubiera sido parricida e incestuoso a la faz del universo; y ahora heme aquí desgraciado y culpable; vástago de una raza mancillada, padre de mis hermanos y marido de mi madre; en fin, si han existido azotes espantosos, han caído sobre Edipo.
EL CORO
Sean cuales sean vuestras desgracias, no podemos aprobar el castigo que os habéis impuesto. Ese suplicio es más horrible que la muerte.
EDIPO
No escucho sobre eso ni razones ni consejos. ¿Con qué ojos, decidme, miraría yo en los infiernos a un padre y una madre cuya muerte se debe a mis crímenes? Me he castigado, y mi suerte es más dura que la de Yocasta. Me hubiera sido muy grato ver crecer a mis ojos hijos queridos; el placer de verles hubiera crecido con ellos, lo confieso; pero, después de mis fatales imprecaciones, no había ya para mí ni hijos ni patria que yo pudiese ver. Tebas misma y este palacio en que he nacido, estos muros, estas torres, estos templos, estas imágenes de los dioses, todo estaba vedado a mis miradas. He renunciado al placer de verlos al pronunciar la sentencia de destierro contra el enemigo declarado de los dioses y de la raza de Layo. Yo soy ese culpable. Mi oprobio se ha descubierto. ¿Cómo podría yo gozar de tan amada vista? ¿Con qué cara osaría mirar todo eso? ¡Si pudiera, además, privarme del uso del oído lo mismo que del de la vista! ¡Sordo al par que ciego, cerraría esa entrada a nuevos dolores! Es grato en los males ahorrarse, o suavizar al menos, su sentimiento. ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibisteis en vuestro seno? ¿Por qué no celasteis mi suerte al conocimiento de los hombres? ¡Oh Polibio, oh Corinto, oh palacio que yo creía la casa de mi padre, qué monstruo, qué mezcla de males habéis criado bajo la apariencia de un hijo de rey! Del antiguo esplendor, ¿qué queda? ¡El más malo de los hombres, vástago de la raza más abominable que hubo nunca! Camino de Daulis, bosques, breñas, sendero estrecho sobre quienes cayó la sangre de un padre, que corría por mis manos: ¿habéis señalado con huellas imborrables el recuerdo de los crímenes que cometí entonces y que debía cometer luego en Tebas? Himeneo, funestísimo himeneo, tú me diste la vida, pero tras de dármela, hiciste volver a entrar mi sangre en el seno de donde yo había salido; y con ello produjiste padres hermanos de sus hijos, hijos hermanos de sus padres, esposas madres de sus esposos, y cuanto los dioses pueden concebir de abominaciones y de horrores. Basta; avergoncémonos de pronunciar lo que es horrible ejecutar. En nombre de los dioses, queridos amigos, ocultadme en alguna tierra apartada o precipitadme en los abismos del mar para que no profane vuestras miradas. Acercaos, prestadme por piedad ese último servicio. Atreveos a tocar a un desgraciado. ¿Qué teméis? Mis males no recaerán sobre vuestras cabezas; ningún mortal, a no ser yo, puede soportarlos.
EL CORO
Señor, he aquí a Creón, que, conservador en adelante del reino, puede solamente escuchar vuestras peticiones y ayudaros con sus consejos.
EDIPO
¡Creón! ¿Qué voy a decirle? Injusto y culpable a sus ojos, ¿puedo esperar que me escuche favorablemente?



