Edipo Rey · Sophocles
ESCENA III
Capítulo 9 de 42 · 6 min de lectura
CREÓN, EDIPO, LAS HIJAS DE EDIPO, EL CORO
CREÓN
No vengo, Edipo, para reirme de vuestros males ni para insultar vuestras desgracias. Pero vosotros, tebanos, si no os avergüenzan las miradas humanas, respetad al menos la luz pura y fecunda del astro de los cielos; guardaos de exponer sin velos a sus miradas este objeto de impureza que la tierra y la lluvia sagrada y la claridad del día no podrían sufrir. Llevadle en seguida, de nuevo, al interior del palacio. Sólo a los parientes cuadra el ver y el oir con una piedad religiosa el infortunio de su pariente.
EDIPO
En nombre de los dioses, ya que, contra lo que yo esperaba, venís, oh el mejor de los hombres, a acoger al más malo de todos, escuchadme, pues por vos y no por mí voy a hablar.
CREÓN
¿Qué deseáis de mí?
EDIPO
Apresuraos a abandonarme en cualquier lugar de la tierra, donde nunca pueda tener comercio con mortal alguno.
CREÓN
Hubiera hecho lo que deseáis, no lo dudéis, si no hubiera creído deber antes preguntar al dios de Delfos lo que hemos de hacer.
EDIPO
¿Pero no ha manifestado harto su voluntad, que condena a muerte a un impío, a un parricida?
CREÓN
Ha pronunciado la sentencia; pero, en la situación en que estamos, es mejor interrogarle aun sobre lo que debemos hacer.
EDIPO
¿Sobre un desgraciado como yo queréis interrogarle?
CREÓN
Con tanta más razón, cuanto que vos no dudaréis ya ahora de la verdad de sus oráculos.
EDIPO
Bien, ved lo que espero de vos, ved lo que os pido: ya que os conducís tan dignamente con vuestros deudos, encargaos de erigir a vuestro gusto una tumba a esa infortunada; en cuanto a mí, no permitáis que yo respire y permanezca en esta ciudad que fué mi patria; dejadme en adelante habitar las montañas, los desiertos de Citerón, que han venido a ser mi patrimonio, y donde mi padre y mi madre, estando vivo, habían escogido mi tumba; que yo muera como ellos querían hacerme morir; pues presiento que no será de enfermedad, ni por otro accidente análogo, como pereceré; de otro modo, ¿cómo, en el seno de la muerte, hubiera sido conservado si algún desastroso acontecimiento no me esperase? Pero que el destino disponga de mí como quiera...; no quiero, Creón, recomendar mis hijos a vuestros cuidados; son hombres y, en calidad de tales, sabrán atender a su subsistencia donde quiera que estén; pero os recomiendo a mis desgraciadas hijas, que, siempre sentadas a mi mesa, comían conmigo y compartían todos los platos que se servían a su padre. Permitid que las abrace, que deplore mis males con ellas. Permitid, príncipe, permitid, hombre generoso, digno de vuestro nacimiento, que estrechándolas en mis brazos, goce aún de su presencia, como en el tiempo en que podía verlas. Pero ¡grandes dioses! ¿No son ellas, no son esas hijas tan queridas las que oigo gemir y llorar cerca de mí? ¿Creón, compadecido de mis desgracias, no ha hecho venir ya a los más amados de mis hijos? ¿Es verdad?
CREÓN
Vos lo habéis dicho. Yo, previendo el placer que tendríais en abrazarlas, os he procurado ese goce.
EDIPO
¡El cielo os haga dichoso; os trate, en recompensa de vuestras bondades, más favorablemente que a mí! ¿Dónde estáis, hijas mías? Venid aquí, venid a tocar estas manos fraternas que han puesto en este estado los ojos de un padre que gozó en otro tiempo de la claridad del día y que, amadas hijas, sin saber nada, sin prever nada, os engendró en el mismo seno en que él había sido engendrado. ¡Cuánto lloro por vosotras, hijas mías, yo que no puedo veros, pensando en la amargura que debe acompañaros el resto de vuestra vida! ¿A qué asamblea de tebanos, a qué fiesta osaréis dirigir vuestros pasos, sin abandonar luego el placer del espectáculo, para regresar bañadas en lágrimas al seno de vuestra soledad? Y cuando el tiempo de vuestro himeneo llegue, ¿quién será el mortal, hijas mías, bastante atrevido para echar sobre sí tantos oprobios como mancharán eternamente a mis deudos y a vosotras? Porque ¿qué crímenes no pueden imputarse a vuestro padre? Asesinó a su padre, mancilló el lecho nupcial en que había sido concebido y os dio la vida en el mismo seno donde la había recibido. He aquí lo que se os echará en cara; ¿y qué mortal se atreverá a casarse con vosotras? Nadie, hijas mías, nadie; el celibato y la esterilidad serán vuestro patrimonio (A Creón.) Hijo de Meneceo, ya que sólo vos les quedáis hoy para hacer con ellas veces de padre (pues la que conmigo les dio el ser ha perecido), no las miréis con desdén, que son de vuestra sangre; no permitáis que pasen su vida en el abandono y la mendicidad; no igualéis, en fin, su infortunio a mis desgracias. Tened piedad de estas niñas de tan tierna edad, privadas de todo y sin otra esperanza que vos. Generoso mortal, dadme la mano en señal de consentimiento. ¡Qué consejos no os daría yo, hijas mías, si fueseis capaces de entenderlos! Pero cuanto puedo hoy desearos es que en cualquier lugar en que os coloque el destino vuestra vida sea más feliz que la del autor de vuestros días.
CREÓN
No vertáis más lágrimas; volved a entrar en vuestro palacio.
EDIPO
Obedezco, aunque con trabajo.
CREÓN
La oportunidad hace el mérito de las cosas.
EDIPO
¿Sabéis con qué condición?
CREÓN
Dignaos explicaros e instruirme.
EDIPO
Que me haréis salir de esta comarca.
CREÓN
A los dioses toca cumplir ese deseo.
EDIPO
Pero soy para ellos un objeto de horror.
CREÓN
Por eso obtendréis lo que pedís.
EDIPO
¿Me lo aseguráis?
CREÓN
Lo que no pienso no me aventuro a decirlo.
EDIPO
Bueno, conducidme.
CREÓN
Venid y dejad a vuestras hijas.
EDIPO
No, no, guardaos de arrancármelas.
CREÓN
Cesad de querer dominar siempre; tal ambición no ha contribuído a la felicidad de vuestra vida.
EL CORO
Mirad, tebanos, mirad; ved a Edipo, que descifraba los enigmas más arduos y que, llegado al poder, no temía la envidia de sus conciudadanos ni las revoluciones de la fortuna; ved en qué océano de males ha caído. Aprended así a poner los ojos en los últimos días de la vida y a no dar a mortal alguno el título de dichoso, antes que haya acabado su existencia sin experimentar infortunios.
FIN DE EDIPO REY
EDIPO EN COLONA
PERSONAJES
EDIPO ANTÍGONA } ISMENA } Hijas de Edipo. TESEO, rey de Atenas. POLINICIO, hijo de Edipo. CREÓN UN COLONENSE UN MENSAJERO EL CORO, compuesto de ancianos colonenses.
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
EDIPO, ANTÍGONA
EDIPO
Hija de un anciano ciego, Antígona, ¿a qué lugar, a qué ciudad hemos llegado al fin? ¿De qué mano Edipo errante podrá hoy recibir algunos pequeños socorros? Pidiendo poco, obteniendo aún menos, estoy satisfecho de lo que me dan; mi infortunio, el tiempo y mi valor me han enseñado a no desear más. Sin embargo, hija mía, si me encontrases un sitio en que me pudiera sentar, ya junto a algún bosque consagrado a los dioses, ya en otra parte, condúceme allí, haz reposar allí a tu padre, a fin de saber dónde estamos. Extranjeros, debemos interrogar a los ciudadanos y hacer lo que nos indiquen.
ANTÍGONA
Desgraciado Edipo, padre mío, si he de dar crédito a mis ojos, advierto a lo lejos murallas que circundan una ciudad. El lugar donde estamos es sagrado, a juzgar por el laurel, la vid y el olivo, profusos en él, y donde los ruiseñores abundan y hacen oir sus cantos melodiosos. Descansad sobre esta piedra que el arte no ha pulido. La jornada que acabáis de hacer es harto larga para vuestros años.
EDIPO
Ayúdame, hija mía, a sentarme, y guarda a un desgraciado privado de la luz del día.
ANTÍGONA
Dado el tiempo que os sirvo, no ignoro los socorros de que tenéis necesidad.
EDIPO
¿Puedes, pues, decirme a qué lugares hemos llegado?
ANTÍGONA
La ciudad es Atenas, pero el lugar lo ignoro.
EDIPO
Todos los viajeros nos han hablado de esa ciudad.
ANTÍGONA
¿Queréis que vaya a preguntar el nombre del lugar?
EDIPO
Sí, hija mía, si en efecto está habitado.
ANTÍGONA
Lo está sin duda, y espero no tener necesidad de cerciorarme, pues veo a un hombre no lejos de aquí.
EDIPO
¿Viene hacia aquí o se aleja?
ANTÍGONA
Está aquí mismo, vedle; decidle lo que creáis conveniente.



